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lunes, 30 de enero de 2012

Censura y Mesura: Censura en el Twitter


Podríamos ponernos de acuerdo en censurar todo aquello que atenta contra las buenas costumbres. No creo que alguien pueda ponerse en contra de eso.
Una vez puestos de acuerdo, nos volveríamos locos en definir lo que son las buenas costumbres.
Twiter quiere censurar el lenguaje que se emplea en los trinos que hacemos a la red.
Como nuestro tiempo vale mucho y no merece la pena que lo gastemos en cuestiones inútiles, propongo una forma de censura que me gustaría que fuera valorada. Por lo menos que me escuchen un poquitito.
¿Algunos de ustedes habrá estado en Cádiz? Pues síganme.
Estamos en la puerta de la habitación de un hospital. Hay una señora que ha visto como su compañera de habitación se está poniendo malita y sale a avisar a la enfermera. Casualmente hay una que trae la bandeja de la medicación por el final del pasillo.
-¡Chochete!, ¡ven rápido que a mi amiga le está dando una fatiguita!
Chochete significa en este caso enfermera, sobre todo si es alguien amable y predispuesta a atender a sus pacientes. Chochete es una forma cariñosa de dirigirse a alguien que sabe que va a responder amablemente a tu solicitud.
En Twiter sería:
-¡??????????!, ven rápido que a mi amiga le está dando una fatiguita.
Verdad que no es lo mismo. No, no es lo mismo.
Otro caso.
En el segundo día del postoperatorio, tienen que quitar el drenaje a una paciente que se ha operado de prótesis de cadera. El paciente se coge a los laterales del colchón esperando sufrir las torturas del señor en el monte de los lamentos. Cuando el enfermero ha terminado su trabajo y no ha sufrido lo más mínimo, la paciente le dice:
-¡Qué manos tienes más lindas!, ¡Pichita de oro!
Ser Pichita de Oro es un título que poca gente puede alardear de tener. Es lo máximo que se le puede decir a quien tú quieres elogiar. Y además, cuando te lo dicen te suben la moral más alto que el Himalaya. Tenía yo a mi vecina Aurora que cada vez que salía a la calle en la adolescencia, con mi flequillo repeinado con la colonia Nenuco, me cogía de las mejillas y gritaba en el rellano de las escaleras: "Quién fuera joven para irse contigo, Pichita de Oro. Hoy vas a ir partiendo corazones por la calles. Lo más guapo de la barriada". Y mis pies volaban por el aire mientras me acariciaba la cara la brisa de mi bahía.
En Twiter sería:
-¡Qué manos tienes más lindas!, ¡??????????!
Verdad que no es lo mismo. No, no es lo mismo.
Y el último:
Mi padre está enseñándome a ir en bicicleta. Los Reyes me han traído un monstruo al que no llego ni poniendo calzas en las suelas de los zapatos. Después de varias horas, parece que empiezo a coger algo de estabilidad. Cuando me emociono y voy cogiendo la vertical sin que las manos de mi padre arropen mi desenvoltura, una piedra se interpone y doy con los huesos en el suelo.
-¡Qué niño más carajote!. Ven que te levante y te coma a besos.
Si alguno ve alguna palabra ofensiva que me lo diga. Pero a mí lo que más rabia me dio fue que me dijera niño, cuando yo me sentía un Bahamonde sobre la bicicleta.
Sería una pena, por tanto, que quisieran quitar del glosario twitero palabras que, bien empleadas, pueden llevar tanto o más cariño que cualquiera otra.
Así que antes de hacer un listado de palabras, prueben a entender a la gente que las emplea. No vaya a ser que quieran terminar con la forma de hablar de un pueblo. Y, cuidado, en este caso los que perderían serían ustedes. Cádiz es mucho Cádiz y ha sobrevivido a mucha gente. También va a sobrevivir a Twitter. No lo duden. Ya vendrá otra cosa.
Por eso les recomiendo que no demuestren su falta de cultura, mandatarios del Twiter. No pasen por esa vergüenza, que muchas veces lo han intentado y no han conseguido nada.
Porque si esto es lo que quiere censurar Twitter, se puede encontrar con que en Cádiz inventemos el "Retuite" o el "Contratuite". Porque años, siglos llevamos que no nos callan la boca. Y en esta tierra de la libertad, hemos demostrado siempre, que aunque nos tachen las palabras, no podrán nunca pisotear nuestras ideas.

Si Twiter es tan tontón,
que me quiere censurar,
va a tener que demostrar,
que piensa con la cabeza,
y si no tiene destreza,
cuando escucha a un gaditano,
se creerá muy ufano,
que lo está entendiendo tó
y si no está muy fino
en vez de comer tocino,
se comerá un mo-rcón.



Posdata para los no gaditanos: las rimas truncadas sirven para expresar con ironía lo que quieres decir sin tener que decir lo que no te dejan decir. Prueben a cambiar mo-rcón con otra terminación, por ejemplo, con la que misma con la que acaba cajón.

jueves, 7 de octubre de 2010

Anestesia Privada y Vida Privada: El nudo lo Confirmó todo.






El Monasterio de los Jerónimos de Granada es un tesoro escondido en medio de la ciudad. Un paraiso, un oasis.
Hay una Granada mora sublime, que encandila, que conoce todo el mundo. Y una Granada cristiana, no menos cautivadora, pero que está reservada para los granadinos y para los visitantes curiosos de descubrir la ciudad oculta.
Y allí es dónde eligió el padre Toñín el lugar en el que se iba a celebrar la Confirmación de mis dos hijos.
Todo estaba preparado: "En el nombre del Padre, del Hijo, del Espiritu Santo. La Gloria del Señor se derrame sobre nosotros".
Y me sonó el teléfono.
Saben que trabajo con una Ginecóloga que se llama Gloria, y esa misma Gloria me apareció a mí en la pantalla de mi teléfono. Es decir, que mientras la Gloria divina se desparramaba sobre todos los asistentes de la ceremonia, yo tenía mi propia Gloria reservada sólo y exclusivamente para mí.
-"Miguel Ángel, una cesárea urgente".
Me había resguardado, para poder contestar a la llamada, en el pórtico que da entrada a la iglesia y tuve que volver sobre mis propios pasos para coger las llaves del coche del bolso de MiEsposa. Afortunadamente estaban a mano, no tardó más de tres eternos minutos en abrir todos las cremalleras, bolsillos y escondrijos del pequeño bolso y solo le faltó volcar todo el contenido sobre el banco de la iglesia. Pero aparecieron, al fín.
En la cola de la máquina de cobro del parkin sólo había una señora, que estaba tratando de abonar el total de su aparcamiento, acompañada de una "ayudante" que le asesoraba amablemente de que los billetes hay que estirarlos antes de meterlos en la máquina y de que todavía faltaba alguna cantidad, que ella metía céntimo a céntimo por la ranura.
A la salida del aparcamiento me encontré una familia entrando en un coche aparcado en medio de la calle, como si de una pasarela Cibeles se tratara, recreándose cada uno de ellos en mostrar sus preciosos vestidos de fiesta antes de entrar en el utilitario.
El Monasterio no está lejos del Hospital y tuve la gentileza de ir saludando a todas las cámaras del Ayuntamiento que registran a los coches que avanzan por el carril TaxiBus y cuyas fotos confirmarán que no estoy hablando de un suceso inventado.
Al llegar al hospital todo estaba en orden, había dado tiempo de preparar a la paciente para la cesárea y me dio lugar de preparar la medicación antes de que llegara a quirófano.
La futura mamá no se creía lo que estaba ocurriendo. Faltaban todavía cuatro semanas para que naciera Javier, pero había acudido al hospital, en contra de la opinión de todas sus amigas y conocidas, porque se había notado que tenía un flujo algo más abundante de lo que consideraba normal y se había encontrado con que los acontecimientos se habían acelerado como si se hubiera subido en un tobogán que le precipitara al vacío.
La matrona, sospechando una fisura de la bolsa, le había hecho un registro al niño y se puso de manifiesto que las contracciones uterinas que había empezado a tener la madre, no le sentaban nada bien a Javier. Cada contracción se asociaba a un descenso intenso de la frecuencia cardíaca, que remontaba poco después y llevaba de nuevo a Javier a tener un ritmo normal. Las alteraciones del ritmo sugerían que había un problema latente que había que resolver pronto.
Los abuelos venían en camino, pero no había opción de esperarlos.
La anestesia no tuvo ninguna complicación y mientras que en el Monasterio de los Jerónimos una veintena de jóvenes confirmaban su confianza en desenredar su vida alrededor de un ideal, los padres de Javier tomaban conciencia de que cada vez que este niño proteste en el futuro, no tendrán más remedio que hacerle caso.

Nació un niño sano, que transformó todas las preocupaciones en alegría, las lágrimas en sonrisas.
El motivo de todas las modificaciones que se habían puesto de manifiesto en la exploración que la matrona había realizado previamente, era que durante el embarazo, entre brazada y brazada, entre salto y salto en el líquido amniótico, Javier se había hecho un nudo auténtico en su cordón. Un nudo que afortunadamente había estado flojo, un nudo que quizá se había apretado un poco en el comienzo de las contracciones y que amenazaba con irse apretando, o no, con el paso del tiempo.
Un nudo que lo confirmaba todo. Un nudo que hacía la competencia a la Confirmación que se estaba celebrando en el Monasterio de los Jerónimos. Un nudo que me ataba a la vida el día en que no pude estar con mis hijos en su ceremonia de Confirmación.



viernes, 18 de junio de 2010

Rosario, historias de la ONCE


¿Cuántas historias no le habrán contado a Rosario delante de su quiosco? ¿Cuántas ilusiones no se habrán abierto delante de sus cansados ojos? Porque a un comprar un cupón va uno sintiéndote protagonista. Construyendo uno mismo una bella historia. Si me toca... Cuando me toque... Yo me conformaría...
Y Rosario habrá escuchado de estas, miles. Y, cuando alguien le pregunta, también es de las que cuenta historias. Como, cuando cansada de comprar el mismo número todos los días, se puso en huelga y ese día no compró.

Su vecina llegó apurada.
-Mira Rosario, que no me he traido dinero y que me quiero llevar el cupón de siempre.
-Pues yo me he cansado y hoy no compro.
-Si me lo dices para que no me lo lleve...
-No, bonica, que lo digo en serio. Toma tu número, que no veas que tengo ningún interés. Ya me lo pagarás mañana.
Y llegó el mañana y la vecina se acercó a buscarla y no paraba de darle besos y más besos y de llenarle el quiosco de gracias y más gracias. Y todo se quedó en eso. Porque hasta unas migas, que le prometió la vecina que le iba a invitar para celebrarlo, están todavía esperando el fogón dónde se cocine. La vecina cumplió religiosamente con pagarle el cupón del premio gordo una vez que lo cobró. Que no ha habido en Granada negocio más rentable. Y seguro que algún día caerán las migas. Que la gente aquí es bonachona. Y algo olvidadiza.
Pero Rosario llegó a mí como paciente. Y como paciente contó su historia. Y Rosario no olvida.

A Rosario la operaron con tres años. De vegetaciones. Tres añitos. Y todavía lo recuerda.
-Doctor, que yo estaba en brazos de mi madre. Que a mi madre la dejaron entrar a quirófano hasta donde no llega nadie. Y que yo lo pasé fatal. Que no se me quita de la cabeza. Que yo estaba asustada y agarrada a su cuello. Y que, sin darme explicaciones, el médico vino por detrás y me puso una mascarilla en la cara. Y que yo, desde entonces, no puedo permitir que nadie me ponga nada en la cara. Que a mí del cuello para abajo, lo que quieran. Pero no en la cara. Que no se me olvida. Como si estuviera ocurriendo ahora mismo.
Y Rosario y su marido se miran.
-Cuando iba a tener a mi niño, fue un parto muy dificil, que estuve con contracciones casi cuatro días y yo tengo la malage de que no echo la placenta. Después de todos los puntos que tuvieron que darme faltaba por salir la dichosa placenta. Y después de mucho esperar me dijeron que tenían que sacármela. Y me dijeron que tenían que dormirme. Y vino alguien y me puso una mascarilla en la cara. Y del manotazo que le dí, tuvieron que salir a buscarla.
El marido asiente.
-Yo creo que me quedé con un trauma. Si no puedo soportar ni cuando me hacen las radiografías esas que te meten en un tubo. Que parece que no puedo respirar. Me ahoga tener algo delante de la cara.
-Es verdad - dice el marido.
Y veo a Rosario, tan entera, tan fuerte, que ha superado tantas cosas en su vida en penumbras. Que sabe lo que es la ilusión. Que sabe lo que es entrever la luz en medio de las tinieblas. Y que sabe también lo que es que te quiten un poquito de ti y que te dejen, a cambio, un recuerdo que te dure toda la vida.

lunes, 21 de diciembre de 2009

¡Maldito dolor de cabeza!¡Maldita epidural!


Que con algunas epidurales vemos dolor de cabeza, es cierto. Que el dolor de cabeza puede llegar a ser insufrible, una gran verdad. Que el paciente sólo quiere estar en su cama acostado porque levantado el dolor es inhumano, también. Que, algunas veces, lo peor son los vómitos, las náuseas, el rayo de sol que da en tus ojos y hace que la cabeza te estalle, no tiene ninguna duda. Que en algunas intervenciones los pacientes lo sobrellevan bien, no se puede decir que sea mentira. Que las miradas más asesinas que puede recibir una anestesista son las de una madre recién parida que no puede apretar a su niño en sus brazos porque el anestesista le ha echado a perder el día más bonito de su vida, es una verdad que no tiene contestación. Pero ...

También es verdad que el dolor de cabeza que se relaciona con la epidural se presenta muy raramente. Que cuando se presenta en cualquier intervención es un hecho anecdótico. Pero si lo hace alrededor del parto, entonces, la paciente que lo sufre, lo pasa tan mal, que se lo cuenta a todo el mundo y, por eso, parece que es muy frecuente, muy frecuente, muy frecuente. Pero no nos llevemos a engaño. No todo el mundo tiene una amiga o una vecina o una compañera de trabajo a la que le pusieron la epidural para el parto y tuvo un dolor de cabeza inhumano. Ni nadie puede afirmar que todos los dolores de cabeza después de un parto son por la epidural.

-"Doctor Palacio, lo está buscando la secretaria".
Tere es la Secretaria de Anestesia del Clínico. Quizá fuera ya secretaria de anestesia antes de que existiera el Servicio, porque es lo más firme, más constante y más sólido del Servicio de Anestesia. Tere me estaba buscando después de una tormentosa guardia.
En el Hospital San Cecilio, en el tiempo en que yo estuve, las guardias de anestesia las hacíamos SuperHéroes, gente seleccionada con criterios exclusivos, que eran aclamados por todos los servicios de cirugía habidos y por haber y que nos perseguían a todas horas y por todos los lugares, reclamando que salváramos a la humanidad. En aquel Hospital supe que el trabajo no tiene límites, que el esfuerzo no es agotador, siempre hay algo que puedas hacer después de creerte realmente aplastado. Las guardias eran de 24 horas y duraban 24 horas, es decir 1440 minutos, de los que no se paraba ninguno de los 86.400 segundos transcurridos.
Llegué arrastrándome a la Secretaría para preguntar el motivo del requerimiento.
-"La paciente de la cesárea de la guardia de ayer, que tiene una meningitis. Que el ginecólogo ha ido a verla y dice que le quites el catéter epidural, que ya está cansado de las complicaciones del catéter en las cesáreas"- Así es Tere, en dos frases está explicado todo el problema, ¿para qué malgastar más palabras?.
Tenía al residente al lado y fuimos repasando por el camino.
La punción había sido seca (llamamos punción húmeda cuando se toca duramadre y sale LCR, lo que condiciona un boquetito que es responsable del dolor de cabeza hasta que el agujerito se cierra espontáneamente). Se había colocado una epidural para una inducción que había acabado en una cesárea. Se había administrado las dosis según protocolo. Una dosis de prueba en el momento de la colocación del catéter, se había dejado la máquina de perfusión (ACP: analgesia controlada por el paciente) para que la paciente se administrara las dosis analgésicas cuando apretaba el dolor... La paciente no se había quejado de dolor de cabeza en ningún momento. Y cuando se decidió la cesárea al mediodía, se administraron dos dosis de anestésico local, más concentradas, para producir anestesia. Todo bien. La cesárea perfecta. Bloqueo completo. Ningún dolor. Ninguna complicación. La paciente estuvo en reanimación el tiempo oportuno y pasó a planta en el cambio de turno de la noche, por lo que pudo disfrutar de su pequeña.

En el ascensor, el residente me recomendó:
-"Le quitamos el catéter y asunto terminado".
Lo tuve que mirar extrañado porque continuó diciendo...
-"El catéter lo une al Servicio de Anestesia. Se quita el catéter y el paciente es de Ginecología".
No era mala idea. Pero, ¿dónde quedaría nuestro prestigio...?
Nos vestimos de Capitán Trueno y fuimos a defender nuestro orgullo.
Más bien pareceríamos lo que quedó del Tercio de Flandes cuando nos pegaban en todos los frentes, pero, con orgullo, con mucho orgullo...

Llegamos a la habitación. Saco la espada de su funda, la coloco a mi lado y me apoyo en ella. Observo el campo de batalla. La paciente en la cama. El cuello recto. Le costaba trabajo saludarnos. La familia echando fuego por los ojos.
-"Pueden salirse los familiares, por favor".
Se oye el ruido de las navajas cerrándose (o abriéndose) y los familiares van saliendo uno a uno.
-"Se puede quedar el marido".
Las abuelas se palmean el puñal en el liguero al pasar a mi lado. Mensaje entendido.
-"Si esto de la epidural..."-le dice una a la otra.
-"Es lo que yo digo..."- le contesta la consuegra.

-"Vamos a explorarla exhaustivamente...."-le digo al marido.
-"Cuando llegó a la habitación no le dolía la cabeza, pero desde el amanecer el dolor es insoportable. Sobre todo el cuello"-trata de explicarme él- "El dolor no se le calma ni acostada siquiera. No tiene ganas de nada."
Pero a mí me sigue pareciendo que es un dolor algo especial. No se localiza en nuca y no se irradia a las órbitas de los ojos. No se acompaña de náuseas, ni vómitos. No aumenta al levantarse. No se incrementa con la luz. Le molestan las voces, pero es que está cansada. El residente me confirma que la exploración neurológica es normal, pero que le ha econtrado una intensa rigidez de nuca.
No sé que decirle, pero no hay argumentos para descartar que la causa sea la epidural. Algunas veces se ha visto tras una punción aparentemente seca (migraciones de catéter, perforaciones con epidural complaciente...).
-"¿Vamos a iniciar tratamiento de cefalea postpunción...?"-me propone el residente.
-"¿Le van a quitar el catéter?"-el marido, ¿un ruego o una amenaza?.
-"¿Te duele la herida?"-me intereso por la paciente.
-"Le he estado dando a la maquinita del dolor unas cuantas veces y la verdad es que no me duele"
-"¿Puedes mover las piernas?"
-"Perfectamente".
No coincidía con un catéter que migra, pero no sabía que decirles. Estaba a cuadros. ¿Cómo ganaba tiempo...?
-"¿Y tu niña, como está?, ¿sigue tan guapa?"
-"¿Verdad que es bonita?¡Qué guapa es!¡La he tenido toda la noche a mi lado, sujentándola, apretándola con el brazo contra mi corazón!"
¡Acabáramos!
Si los guionistas del Doctor House me hubieran visto en ese momento, seguro que hubieran hecho un capítulo con este caso.
La paciente llega por la noche. Pide a su niña. Se la ponen al lado. La sujeta con el brazo y se la acomoda junto al pecho, sobre el hombro. Toda la noche mirándola. Tan guapa. Tan tranquila que ha estado la criatura, que ni ha llorado. La mamá no se ha movido en toda la noche, mirándola y remirándola. Las enfermeras se la quitaron al amanecer para lavarla un poquito y le dió tanta pena. Y, que como estaba tan cansada se quedó dormida. Cuando se despertó vino ese dolor de cabeza tan grande, que no ha podido aguantarse. Que le empezó por el cuello. Que se lo dijo a su ginecólogo. Que el ginecólogo lo tenía muy claro. "Eso es de la epidural". Que su familia lo ha confirmado y que quiere que se lo resuelva YA.
Que eso...
Que es una tortícolis. Sí, sí, una tortícolis. Nada que ver con la epidural.
El Capitán Trueno mira a Crispín y le dice:
-"Otra batalla ganada"-la espada al cinto. Las manos reposando sobre la empuñadura.
Crispin le contesta:
-"Mi Capitán, el ojo del amo engorda al caballo".
-"Que..., mi querido Crispín, que ya sabes lo que insisto con la visita postoperatoria".

Al día siguiente, cuando entré en la habitación, las abuelas tenían ya cara de abuelas. No hubo ruido de facas. Un par de besos cada una.
-"¿Verdad que es bonita la niña?"-me pregunta la madre de ella-"Igual que mi niña al nacer"
-"Qué bonitos salen con la epidural..., a mí me recuerda a mi niño, es clavaíco. Y lo a gusto que está la madre, que ya no le duele ná"- dice la madre de él.

Por supuesto, le dejé el catéter.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Las abuelas

Cuando las leyes se fueron actualizando durante la democracia pude leer con agrado que las embarazadas tenían derecho a tener una persona de su confianza presente durante "el nacimiento de su hijo/a", no ponía parto, no, durante el "nacimiento" de su hijo/a. La importancia fundamental del término es que pude callar todas las críticas que se me hacían cuando defendía la presencia del padre (si así lo estimaba la futura madre) durante el parto y también durante la cesárea.

Yo no soy partidario de que los "civiles" (como he leído, creo que despectivamente en algún que otro blog) paseen libres por los pasillos de la zona quirúrgica, por eso los acompaño constantemente durante todo el proceso del nacimiento de su futuro hijo. En el parto pasan desde el primer momento; en la cesárea, los recojo en la puerta de la zona quirúrgica y les voy explicando, por el pasillo, en que va a consistir su labor, fundamentalmente tranquilizar a la madre. Y lo hacen muy bien. Una vez que saben que van a entrar al quirófano un momento antes del nacimiento del niño y que todo va a estar bien tapado, veo los cruces de sonrisas entre los dos. "¡Qué guapo estás de cirujano!""¡Tú sí que estás guapa!".
Muchas veces me da rubor estar delante de un parto. Considero que es un acto íntimo donde los médicos sobramos la mayoría de las veces. Lo único que debemos hacer es que todo se desarrolle lo más natural posible, tratando de pasar desapercibidos. También en las cesáreas. En mi quirófano los padres tienen un taburete preparado en la cabecera de la mesa de operaciones y pueden compartir el momento del nacimiento sin ver nada desagradable. Cuando el niño nace lo llevan al paritorio, dónde se encuentra el equipo de valoración y reanimación del recién nacido. Acompaño a la habitación de al lado al padre, tras comprobar que todo está en su sitio (mi enfermera de anestesia continúa la vigilancia de la mamá) y es el propio padre el que trae, conmigo al lado, en sus brazos al recién nacido para ofrecérselo a la madre.
Pero, no se puede hablar de parto humanizado sin contar con aquellas que siempre van a estar presentes en el día a día de la educación de nuestros niños de hoy en día. ¿No os dan pena esas abuelas que vienen acompañando a su hija a la consulta de anestesia, que luego las ves en el hospital en cada control de embarazo de su hija y que a las 4 de la mañana vienen acompañándola, animándola entre contracción y contracción o que están desde las 9 de la mañana, que empezó la inducción, hasta las 2 de la madrugada, en que se le hace la cesárea sin decir ésta boca es mía?
Cuando puedo y porque la estructura de mi hospital lo permite, las paso a la puerta que llamo "de las abuelas" que está justo al lado de la camilla térmica de reanimación fetal y por donde pueden ver a su nieto una vez que el pediatra da el visto bueno.
Excepcionalmente, después de consultar con la futura mamá, alguna abuela ha podido pasar a paritorio y ha compartido el momento del nacimiento de su nieto con su hija. Me imagino que, en las noches tormentosas donde las abuelas tienen que quedarse cuidando de sus nietos, mientras sus hijas tienen que ir al trabajo o salen para despejarse un poco, alguna abuela podrá consolar a su nieto diciéndole algo que, antes decían mucho y que hoy pocas pueden decir, "¿no te voy a querer hijo mío? ¡si te he visto nacer!".

sábado, 24 de octubre de 2009

Epidural postparto


El último domingo de octubre cambian la hora. Todos los años, cuando llegan estas fechas me acuerdo de un parto que tuve que atender en una madrugada de cambio horario. Sobre las 2:10 de la madrugada sonó el teléfono avisándome la matrona del hospital que había llegado una secundigesta con 5 cm de diltación. Desde mi casa al Hospital se suele tardar 15 minutos. Esa noche creo que tardé 8. Fuí avisando por el camino para que prepararan a la paciente y que estuviera ya en paritorio cuando yo llegara. Preparé una intradural con bloqueo motor mínimo administrando 3,5 mg de bupivacaína hiperbara en 2 ml de suero fisiológico, que va muy bien en estas condiciones porque va a facilitar una analgesia eficaz de comienzo inmediato y la paciente sigue colaborando, pues no pierde fuerza en sus pujos y suele persistir durante al menos 90 minutos. El bloqueo estaba establecido a las 2:40 La evolución fue tan rápida que nos quedamos en paritorio y mientras una cosa y otra, el niño nació unos 30 minutos después. Haciendo cuentas: la intradural se puso aproximadamente a las 2:25 y el niño, con el cambio de hora, nació a las 2:10. Por eso, en una historia clínica, alguien podrá encontrar en un futuro aquella vez que un anestesista le puso a su paciente la anestesia 15 minutos después de nacer el niño.

martes, 13 de octubre de 2009

Una pregunta equivocada


Les digo a los pacientes que la canalización venosa es como el cinturón de seguridad, lo tienes puesto sin darte cuenta. Los anestesista somos los médicos que nos entretenemos en mirar las venas de nuestros amigos, de las personas que nos son presentadas, del viajero que está sentado a nuestro lado en el autobús... y todo sin darnos cuenta. Se nos van los ojos detrás.
Cuando un paciente entra en quirófano siempre hay que canalizarle una vía y como a mí me gusta, la mayoría de las veces lo hago yo. Aprovecho para crear un contacto con el paciente y me aseguro de colocarla en el sitio adecuado: que no moleste durante la intervención, que no sea en zona de flexura para que el paciente pueda dormir bien por las noches...
Pero cuando no hay preferencia definida por la mano que va a ser elegida porque la intervención no va a colocar a los cirujanos en los lados del enfermo, me gusta preguntar al paciente sobre su preferencia. Son muchas las preguntas que se pueden hacer: ¿es usted zurdo o diestro?, ¿con qué mano se maneja mejor?... Seguro que ustedes tendrán muchas más preguntas que se puedan hacer. Sin embargo yo no elegí la más adecuada.

En mi trabajo diario atiendo a muchos funcionarios: maestros, jueces... sí, pero también policias, guardias civiles, militares..., y de pronto una pregunta aparentemente inocente cobró un sentido totalmente nuevo.
Yo estaba preparando la cánula intravenosa, el algodón, el Betadine y se me ocurrió preguntar: ¿usted con que mano se defiende mejor?.
La respuesta: Yo disparo mejor con la mano izquierda.
Lo entendí perfectamente. Yo no sé si su subconsciente me estaba avisando.
Por si acaso, le cogí la vía en la mano izquierda.
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