
Son las siete y media de la mañana. El día apareció fresco tras la puerta del apartamento. La playa no está lejos. Me he propuesto hacer deporte, empezar a cuidarme. Más bien diría que a recuperar viejas costumbres.
Desde que he pisado la arena blanca, me ha llamado la atención un reflejo brillante en el borde de la orilla, escasamete a unos dos kilómetros de donde yo estoy atándome los cordones de las zapatillas.
El reflejo atrae mi interés durante toda la carrera. Al acercarme me he dado cuenta de que es una botella que me estaba llamando. En su interior he encontrado un mensaje, es una Carta de Amor:
No te lo querrás creer, pero desde nuestro reencuentro me siento mejor persona.
Te escribo estas palabras sabiendo que no estás, que no las leerás hasta la vuelta de tu descanso. Tuviste tiempo para entrar en mi CorreoNube y recordarme que te gusta pasar el verano es zonas no tan calurosas. Que buscas paisajes donde se pueda pasear al atardecer y donde la única calidez la ponga la mano de tu pareja de siempre, sobre tu mano. Me dices que a tu hijo siempre le ha gustado perderse en un pais extranjero y encontrarse consigo mismo sin más compañía que su pensamiento. Que tu hija gusta de emociones más tranquilas, más serenas. Que aprovechas el gusto de la aventura del primero y la tranquilidad de la segunda para recorrer algo de mundo y para volver al reposo de tu nido.
Un nido del que no he sabido nada durante mucho tiempo.
Yo también tengo mi nido, ya te lo he dicho. Yo también tengo mi nido.
Es hermoso poder tener la oportunidad de vivir un reencuentro. Poder abrir una puerta de tu casa que había quedado estancada, sellada, con tantos objetos dentro. Poder llevarle un poco de sangre a algunas células de tu corazón, con las que solo podías contar cuando se trataba de liberar un suspiro, cuando la melancolía se apoderaba de tu cuerpo.
Y vuelve a entrar la luz venciendo al olvido. Y el aire se vuelve limpio.
Y yo me encuentro mejor. Me sé mejor. Soy mejor.
Siempre que me ha surgido una dificultad en mi vida, cuando se volvía insuperable, me llegaba el recuerdo de tí. El desánimo llamaba a mi puerta en forma de frase machacona: "No lo vas a conseguir... Igual que con ella, que también se fue."
Y era duro. Pero yo también he sido duro. Y todo lo que he superado me ha hecho más fuerte.
Pero siempre quedaba el lamento: "Ella..., ella...., ella..."
Ha habido temporadas en que te he llegado a olvidar. La falta de esperanza en un posible reencuentro, la seguridad de que habíamos pasado página, de que los capítulos que escribimos juntos en nuestra vida nadie más lo volvería a leer, ni siquiera nosotros mismos, habían conseguido formar una coraza alrededor de todo lo que pudiera recordarme a ti.
Pero ahora, que te siento cerca, aunque sigues lejos, muchas cosas se han movido dentro de mí.
Tengo problemas, como todo el mundo. Pero, increíblemente, se están resolviendo uno a uno, misteriosamente. Sobre todo, de los que precisaban de mí para solucionarse. Y es que he vuelto. No sé donde estaba, pero he vuelto. Me siento más parecido al joven del que me he sentido siempre tan orgulloso, que del anciano con el que estaba empezando a acostumbrarme a convivir.
Por eso te escribo esta carta de amor, porque estoy volviendo a enamorarme de mí mismo.
Te la escribo, pero no te la envío; la tiro al mar, porque no sé si el destinatario eres tú o quizá la esté escribiendo para mí. Que las olas decidan.
P.D.: Perdona la mancha marrón que emborrona el papel, sé que no te gusta que tome café con hielo mientras escribo.
¿Alguién conoce dónde puedo encontrar al destinatario?