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sábado, 14 de enero de 2023

Grandes Maestros: Adios Rafael Fernández Carrasco. Cuando la elegancia nos da un ¡Hasta luego!




La muerte es un adiós, un hasta nunca. Siempre, hay una triste despedida en estos momentos. Un no volver a vernos.

Cuando Rafael se ha ido, nos queda la sensación de que nos abandona un poco la elegancia.

Rafael era un buen conversador, quizá lo siga siendo.

Rafael tenía muy en cuenta los pequeños detalles, quizá lo siga teniendo.

 

Rafael quería ser exquisito en todos los momentos de su vida. Quizá, ahora que no está, lo siga siendo.


El orden. La eficacia. La preparación anticipada. Eran sus normas de vida.


Su sonrisa, mientras se atusaba el bigote. Era su marca inconfundible.


Rafael nació en esta época para recordarnos que no había que tirar ciertas cosas por la borda. Para honrar a todos los que nos habían precedido.


Rafael se ha ido, seguramente, para conocer otros lugares con encanto donde un día podamos seguir charlando. Para seguir disfrutando de seguir mirándonos a los ojos, a la cara, como él sabía hacer siempre, mientras sacaba su sonrisa y terminaba de colocar perfectamente su cuidado bigote.


Rafael Fernández Carrasco nos ha dejado, con elegancia.

 

sábado, 18 de diciembre de 2010

Todo un DonJuan


En este país es muy fácil llamarse Juan. Es más complicado que el respeto y el reconocimiento de los demás te hagan convertirte en don Juan. Pero lo auténticamente difícil es llegar a ser un DonJuan.
-Papá tengo un profesor de matemáticas que es guapísimo - es mi hija la que habla.
Un profesor de matemáticas guapísimo es un peligro para los padres, porque tiene el riesgo de fomentar más la imaginación que el cálculo.
-Yo lo tuve el año pasado y te prevengo, es más bueno y exigente que guapo - mi hijo pone las cosas en su sitio, o por lo menos, lo intenta.
-Tiene unos ojos, papá...
-Que no te equivoques, que no es un guaperas...
-Tiene una mirada, papá...
-Es un seductor, es verdad, pero duro como él solo. Ya verás en los exámenes. Se te hará difícil ganarte una buena nota.
-Yo no quiero una buena nota, quiero una sonrisa.

Éste es don Juan Tortosa. Un profesor de matemáticas encantador. Y temible.
-Con Don Juan estudias.
-Con Don Juan aprendes.
-Con Don Juan te esfuerzas.
-Don Juan te pone a prueba.
Son comentarios de alumnos en el patio del recreo de los Agustinos de Granada.
Un profesor encantador. Un profesor temible. Un profesor encantadoramente temible. Un profesor temiblemente encantador.
Quizá por eso, en el último mes, se ha enamorado de él una pérfida engatusadora.
-Juan, tengo malas noticias que darte, tienes leucemia.
Su corazón tiene espacio para todo, tiene fama de tener un gran corazón. Sus venas tienen capacidad para todo, no le asusta ningún problema, ninguna ecuación, ningún enunciado.
Don Juan tiene fama de salvar al libro de matemáticas de un suicidio inminente, porque le resolvió todos sus problemas. Sabe apostar por la vida.
Él, que ha puesto a todos sus alumnos tantos exámenes que aunque duraran dos horas se les hacían interminables, está, cara a cara, ante todo un auténtico concurso oposición con pruebas duras, muy duras, con enunciados complicados, con muchas incógnitas.
Pero él sabe que un Agustino, nunca lucha solo. Que, sus alumnos están con él. Y él pudo verlos delante del hospital esta semana. Y los nota cerca día a día, seguro. Al igual que sabe de la cercanía de los padres y las madres que hemos confiado en él durante todos estos años. Esos padres y madres que sabemos que ha sabido utilizar su encanto para que se enamoren de una asignatura difícil. Esos padres y madres que sabemos que va a dar plantón a su actual y dura compañera.
Lo echamos de menos en clase, lo echamos de menos en el colegio, lo echamos de menos en el polideportivo jugando las pachanguitas de FútbolSala con sus compañeros. Lo echamos de menos los lunes, hablando de fútbol, defendiendo a su equipo. Lo hemos echado de menos después del Clásico. Porque no todo son virtudes, Don Juan tiene un defecto. Es del Barça. ¿Qué le vamos a hacer?.
Nadie es perfecto.

domingo, 23 de mayo de 2010

Grandes Maestros: Manuel Fernández Guerrero


Dice un cuñado mío que sólo tienes una oportunidad en tu vida de causarle a alguien una primera buena impresión. El día en que conoces a alguien empieza este juego de Primeras Impresiones.
-"Don Rafael soy el nuevo residente de anestesia, he firmado el contrato, me han dado bata y zuecos y me han dicho que mañana empiezo".
-"Perfecto. Irás al quirófano de Cirugía General, con Don Mamuel Fernández Guerrero, para echarle una mano".
Una vez fuera del despacho del Jefe, le dije a mi residente mayor que me había hecho gracia la coletilla: "... para echarle una mano".
-"Sí, es que ese hombre no se ha dado de baja en la vida y se ha roto un brazo y sigue dando anestesias como si tal cosa con el yeso puesto. Por eso te han dicho lo de echarle una mano".

Así empecé mi primer contacto con la Anestesia. Entendiendo que era algo serio, que se llevaba a la práctica por gente responsable, por gente que seguía al pie del cañón aunque sufriera heridas y accidentes. El dintel estaba bastante alto en mi hospital. La Primera Impresión con la Señora Anestesia me estaba dejando bastante Impresionado.
Don Manuel era bastante serio. No era solo impresión mía. Yo me presenté e intenté, también, causar una buena impresión en ese primer día.
-"¿Has cogido venas antes?".
-"Sí, por supuesto".
-"Pues adelante".
Esto iba a ser pan comido. El paciente me ofreció su brazo y yo empecé la faena. Era mi Alternativa. Mi primer toro en esa plaza. Cogí el estoque. Estudié a bicharraco. Me puse en posición y adentro.
Primer intento.
Hueso.
Sonrisa al tendido. Mirada de estas cosas pasan. Pido nuevas armas y fijo al morlaco en el tendido adecuado.
Segundo intento.
Hueso.
El sudor frío empezó a aparecer por debajo de la montera de quirófano. La luz empezó a cegarme. Al cabo del rato había en el albero tres o cuatro estoques, cinco descabellos y el toro seguía vivo.
El maestro no dejó que sonara el primer aviso. Cogió un hierro adecuado y con la mano enyesada, y mucha dignidad, culminó la faena.
Así que esa fue la primera impresión que yo causé en mi primera corrida. Toda una lección de humildad.
De Manolo Fernández Guerrero aprendí a mentener el tipo, a ser serio en mi trabajo, a ganarme el respeto de los demás con el cumplimiento escrupuloso de las obligaciones.
Hace un par de semanas nos dejó sin hacer ruído. Nunca lo dió. Por eso, si se encuentran en los quirófanos del cielo a un anestesista serio, con un yeso en la mano que le tiene que dormir para una apendicitis tipo cólico miserere y se llama Manolo, pónganse en sus manos con confianza, que seguro que les dará una anestesia celestial.

martes, 9 de febrero de 2010

Grandes Maestros: Julio Bautista Torá


Si en la mitad de los hospitales del mundo ha habido alguna vez un Julio Bautista, gente como él ha tenido la culpa del retraso en introducir en los quirófanos el fibrobroncoscopio para intubar. No es lo mismo una vía aérea previsiblemente difícil que una vía aérea difícil. Me explico. Cuando te llega un paciente con Mallampati III o IV, que puede darte problemas es una vía previsiblemente difícil. Cuando te llega un paciente que en un intento deseperado de quitarse la vida, se ha puesto la escopeta debajo del mentón y como no llegaba con el dedo al gatillo, ha subido la cabeza y se ha disparado, llevándose toda la mandíbula, eso es una intubación difícil.

"Busca por las burbujas Miguel Ángel, por las burbujas". Ese era su consejo.
Fracturas de mandíbula. Quemados. Intubaciones dificultosas de verdad.
En lo que es un maestro Julio es en las intubaciones nasales con el paciente despierto y la mandíbula cosida. Su oreja pegada al tubo, dirigiendo (creo que con la mente) la punta del tubo para que se introduzca en donde debe.
Gracias a Dios hoy en día todo es más fácil. O por lo menos, tenemos más medios para que cualquier paciente pueda beneficiarse de los adelantos de la técnica.
Pero ha ido pasando y ha pasado ya, una época en la historia de la anestesia dónde el arte ocupaba un lugar bastante importante dentro de la ciencia.
Un buen día dejó la medicina pública para dedicarse en solitario a dar una atención personalizada a los pacientes y a los cirujanos en la medicina privada. Años más tardes yo le seguí los pasos. Cada uno trabajamos por nuestra cuenta, pero siempre noto su apoyo. Un Gran Maestro.

lunes, 1 de febrero de 2010

Mis maestros en la anestesia privada


Hice la especialidad en Granada, en el Servicio de Anestesiología de Don Rafael Gálvez Carrillo de Albornoz, el primer jefe de Servicio de Anestesia que hubo en España en la Seguridad Social y al que le tengo que dedicar en exclusiva una entrada especial.
Pero hoy voy a incluir aquí a las tres personas que más han influido en mi formación en la medicina privada: Irene Gutiérrez Caba, mi Madre y mi Entrenador de hockey hierba cuando era juvenil.


Cuando fui a Madrid a elegir la plaza en la convocatoria MIR de 1982 estaba poniendo en el Teatro Lope de Vega una obra de Antonio Gala, El Cementerio de pájaros, creo que se llamaba. Los de pueblo, cuando vamos a Madrid aprovechamos para ir al teatro. Al entrar a la sala vi que había poca gente. "Ya se llenará", pensamos los tres cadidatos a lo que saliera, el uno, a psiquiatra el otro y a anestesista en mi caso. Pero cuando se acercó la hora del comienzo de la actuación me fijé en que no habría ni 10 personas en el teatro, contando a los tres futuros especialistas. Pensé entonces que saldría un figurante y nos diría algo como que "sintiéndolo mucho la actuación no va a reprentarse el día de hoy por..." y se inventarían cualquier motivo. Pero no. La obra empezó a la hora prevista y la representación fue memorable. Al final de la obra busqué por todos lados para encontrar a alguien importante, el Rey, el Presidente del Gobierno, steven Spielberg, yo qué sé quién... que justificara la actuación entre amigos de esa noche. Pero no ví a nadie. Entonces entendí que la persona importante para la que la Señora Gutiérrez Caba había sacado lo mejor de sí misma era YO. Me enseñó que uno se hace importante cuando, humildemente, trata a los demás como los más importantes del mundo.

Mi madre tenía problemas en los pies (muchos días yendo a la compra eligiendo las tiendas más baratas para ahorrar algún céntimo en los años 50, estuvieran la panadería, la carnicería, la pescadería ... lo lejos que estuvieran). Le indicaron que se operara, me llamó y se vino a Granada. Le puse una anestesia epidural y le dejé un catéter para controlar el dolor postoperatorio con una bomba de perfusión analgésica. A los días, ya desde Cádiz, me llamó y me dijo una frase que me quedó grabada en la mente: "Lo único que me ha molestado es cuando me han quitado los puntos". Desde entonces convertí esa frase en objetivo de mis anestesias.

Cuando intentábamos aprender algún pase nuevo en hockey hierba, y cuando ya estaba bastante encaminada su correcta realización el entrenador Manuel Izco Castro, que ese es su nombre, nos decía: "Primero, aprender a hacerlo; luego, hacerlo bonito; al final, hacerlo sonriendo". Allí estábamos cerca de 20 niños conduciendo la pelota con el stick de hockey y con la sonrisa en la boca. Un día le pregunté que porqué lo de la sonrisa y me dijo que "sonreír es algo tan complicado que si intentas sonreír haciendo algo que no tienes completamente automatizado, no te sale bien". Y es verdad, compruébenlo: ¿Qué cirujanos sonríen en quirófano?. También me decía: "Pero no te olvides de lo bonito, bien hecho, BONITO y sonriendo".

miércoles, 27 de enero de 2010

Grandes Maestros: Don Antonio del Campo Iglesias


Humphrey Bogart de anestesista, pero extremeño recriado en gallego y con mucho salero. Tan elegante como él y con tan buena presencia. Y con una sonrisa que no abandonaba nunca su cara.
Imitarlo en su porte es bastante fácil: Coja un cigarrillo en la mano, enciéndalo, deje caer la mano hacia abajo dándole un giro glamuroso y sonría. Compartir su talante sí que es mucho más difícil. Sólo si un ángel te sobrevuela contínuamente podrás creer que quizá llegues a ser un intento de boceto suyo.
Hay personas que necesitan años para hacerse buena gente y hay otros que lo son todas las horas del día.

Me gustaría haber sido residente de Antonio en sus buenos tiempos, cuando cogía el éter y los bártulos de anestesia y lo subía encima de los serones para dar anestesias bajo la lluvia y sobre el burro que lo llevaba por las parroquias de su Galicia adoptada.
De esos días aprendería los conjuros y la existencia de meigas.
Los conjuros los tuvimos que utilizar algunas veces en quirófano para las prótesis de cadera. Cuando una intervención se torcía y empezaba a durar más de la cuenta, hacíamos velas con el cemento de las prótesis en el quirófano y construíamos un altarcito para que los duendes iluminaran a los cirujanos y los llevaran por el buen camino. Unos cuantos rezos, unas cuantas oraciones y unas pocas de risas, devolvían el buen ambiente a quirófano y lograba hacer retornar la ciencia y los buenos haceres para que acabara bien, aquello que se estaba torciendo.
Y que las meigas existen es verdad. Yo no las he visto nunca, pero muchas veces he notado su presencia. Te estudias bien un paciente. Le haces la técnica que crees más adecuada. Preparas todo y pones el máximo interés. Y es el que peor sale. Lo quieres arreglar y nada. Planteas una alternativa y nada. Y cuando a ellas le parece, cuando se han reído de tí hasta que tú acabas llorando, es entonces y sólo entonces, cuando todo se transparenta, todo se limpia, todo se arregla. ¿Qué ha estado ocurriendo?. Que ha pasado una meiga, que tenía ganas de juerga y que te ha puesto a prueba. Y cuando ella ha creído que has dado la talla, entonces y sólo entonces, se larga. Pero, cuidado, tienes que estar a la altura.
Tengo una deuda con Antonio. Algún fin de semana me iba a Cádiz y volvía el domingo. Como la comida del hospital no era muy buena y algo hay que comer, organizó que trajera unos pocos de mariscos para apañar una cenita en la guardia. Al enterarse los compañeros, se amplió el escote. Tuve que traer unos doce kilos de marisco en el sillón de atrás de mi vespa. Y en llegando al hospital y al hacerle entrega del cargamento, me lo llamaron de su casa que había que atender una urgencia y que tuvo que cambiar la guardia. Las lágrimas le llegaban hasta la cintura despidiéndose de sus compañeros. Nunca se ha visto a un médico tan apenado por tener que abandonar una Guardia. Desde entonces, cada vez que me veía, ponía falsa cara de pena y me decía: "¡Qué buena pinta las gambas!".
Así que, cuando San Pedro me llame, en la zona de fumadores del cielo, te descubriré en la distancia, sentado sobre una nube con una copa de Magno en la mano y leyendo el Ideal ("el periódico más leído en Granada, pero no la marca de periódico, sino el mío, el ejemplar que yo compro cada mañana y se lee todo el hospital") y nos comeremos un platito de marisco que te llevaré para tí.
Don Antonio, un Gran Maestro.

Grandes Maestros: Juan Jiménez Fortis


Don Juan era tenido como un hombre serio. Desde que yo sé, siempre estuvo en el quirófano de cirugía infantil, campo de batallas no deseado en aquel tiempo por nadie y al que ahora se le sigue teniendo mucho respeto. Después de conocerlo, puedo decir que era un hombre muy cariñoso, al que todo el mundo le tenía mucho aprecio y con el que se trabajaba muy seguro. Muy querido por las enfermeras. Con él aprendí a controlar el peligro.
Los niños dan muchos sustos y hay que estar preparado para resolverlos. Los más pequeñitos no tienen las venas tan accesibles como los adultos. Los más grandecitos tienen miedo a entrar en quirófano (en aquel tiempo se hacía una buena premedicación para que no notaran su paso por él). Y todos tienen un demonio escondido que es mejor no despertar: el laringoespasmo.
Siempre veía a Don Juan muy tranquilo. Manejaba la vía aérea estupendamente. Era mejor mesa de anestesia ventilando a mano que cualquier aparato de alta tecnología que quisieran vendernos los suecos en aquellos años.

La tranquilidad la tenía en su secreto. "Miguel Ángel hay que estudiar mucho para evitar los problemas y hay que hacer todo lo posible para que no se presenten, pero también hay que tener la tranquilidad suficiente para saber que hay un momento en que puedes y debes actuar. Cuando hay un laringoespasmo brutal que no has podido evitar y que no puedes resolver, debes saber que momentos antes de que haya lesión cerebral, la cuerdas se abren por culpa de la anoxia. Debes estar preparado para actuar en ese momento". Es de Stephen King, pero es cierto. La cabeza fría, el laringo y el tubo preparado y cuando las cuerdas se abran, intuba.
No he tenido que utilizarlo muchas veces, pero el saber que en el filo del abismo hay una solución, te da ánimos suficientes para conservar el pulso. He tratado de estudiar con exigencia para no causar problemas a mis pacientes y he tratado de tener la calma necesaria para aplicar las medidas necesarias. Siempre me ha funcionado.
Hoy hay protocolos de obligado cumplimiento que reducen al mínimo el tener que utilizar recursos de difícil argumentación. Pero la lección es esta: no pierdas los nervios. Acumula los recursos suficientes para que no tengas que perderlos. Un Gran Maestro.

viernes, 22 de enero de 2010

Grandes Maestros: José Luis Carasa Gaztañondo


José Luis era un vasco que se enamoró de Granada. No dejaba de subir ningún año a su tierra y tenía dos pasiones, que yo sepa: "El Caballero de la Triste Figura" y hablar de su suegra. Se leía el Quijote entero una vez cada año y su risa vasca, vasca, vasca se complacía en recordar capítulos de su loco favorito.
Trabajador incansable, era el látigo de los cirujanos. Le gustaba decorar la mesa de su quirófano (un Temel muy resistente), con unas pegatinas circulares que traían los electrodos de monitorización cardíaca. Cuando yo llegué a su quirófano, el aparato de anestesia me recordaba la iglesia de las Conchas de La Toja.

José Luis decía que "un buen anestesista, ¡oye!, con un rollo de esparadrapo y una bala de oxígeno, es capaz de dormir a cualquier paciente, ¡pués!". Podía con todo y tenía recursos para todo.
Entre las cosas que más recuerdo que me enseñó destaco una, por otra parte, muy lógica: "Infiltrar con anestesia local una zona no quita el dolor por si sólo. Además hay que dar ... tiempo para que haga efecto".
Todos lo queríamos mucho. Su cariño y su dulzura con los seres queridos no tenía límites. Una persona fiel con sus fieles, pero que no tuvo mucha suerte en la vida. Hubo una época en que tuvo que esconderse las lágrimas que no quería que bañaran sus ojos. Desde que vio a uno de sus hijos fallecer delante suya en un inesperado y terrible resbalón en las escaleras en su propia casa. Fue una época dura, donde algunas malas personas aprovechaban para intentar hacerle pagar inventadas deudas personales. Un compañero cirujano salió en su defensa e hizo callar al canalla diciéndole "Pues yo preferiría que me anestesiara José Luis dormido a que tú me operaras despierto". Un Gran Maestro.

jueves, 14 de enero de 2010

Grandes maestros: Margarita Delgado Entrena


Cuando uno empieza la especialidad mira a los residentes mayores con bastante respeto. Margarita desprendía, además, otras virtudes. Era y seguirá siendo cariñosa. Era y seguirá siendo maternal. Era y seguirá siendo protectora. Era y seguirá siendo previsora. Era y seguirá siendo muy trabajadora. Algún defecto debería tener. Depende.

-¿Qué dosis de pentothal le pongo al paciente, Margarita?
-Depende.
-¿Cuánto propranolol le administro, Margarita?
-Depende.
-¿Le pido un electro, Margarita?
-Depende.
-¿Cuánta protamina necesitaremos para contrarrestar el efecto de la heparina?
-Depende.
-"¡Pero Margarita, caramba! ¿De qué pende? ¿Es que todo depende, depende y depende?".
Y Margarita sacó unas de sus más bellas sonrisas y me dio una lección magistral:
-"Miguel Ángel, estamos trabajando con pacientes, cada uno distinto, cada uno con sus características propias. No ponemos tratamientos, adaptamos tratamientos para cada enfermo."
Aprendí a estudiar con Margarita. Intenté copiar su bondad y su sonrisa. Trato de ponerle a cada paciente "su" tratamiento.
Pero algunas veces, cuando alguien me pregunta, saco una sonrisa malévola, me acuerdo de Margarita y respondo: 
-"Depende"
Margarita Delgado Entrena, una Gran Maestro.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Grandes Maestros: Evaristo Herrada


Decía mi profesor de cardiología Don Venancio González, que mejor que saberse todo el vademecum de cardiología, deberíamos aprender el uso de un par de fármacos para cada cosa y que los supiéramos emplear bien. "Os recomiendo que sepáis usar bien la digoxina y la digitoxina". Ilustre Don Venancio, que cuando le preguntábamos qué marca de fonendo nos comprábamos, nos decía que lo más importante del fonendo era lo que había entre los auriculares.

Evaristo Herrada siempre ha tenido claro lo que sabe y lo que no sabe. Él cuenta una anécdota con el Doctor Vara en que le decía: "Doctor Vara no me meta usted en problemas que yo no soy de los que más sabe de este Servicio". Y el Doctor Vara le tuvo siempre en gran consideración y aprecio. Evaristo ha sido muy trabajador y también muy humilde. No le ha gustado meterse o que le metan en problemas que le sobrepasen. Si alguna vez se ha metido, ha sido por cariño y fidelidad al cirujano y siempre ha salido airoso.
Cuando llegaban los residentes nuevos al quirófano de Evaristo y, en aquella época, yo era tutor de residentes, comentaban entre ellos la antigüedad de alguna de sus técnicas. Y aunque en las crónicas del Hospital Universitario consta que la primera intervención donde se pudo utilizar el Propofol fue realizada por Evaristo, mano con mano con el Jefe de Servicio, Don Victor Montero (con lo que queda demostrada su disposición a lo nuevo), su fidelidad a los fármacos asentados era bien conocida. Blas Rodríguez Gil, residente excepcional de aquella época, lo defendía. Blas le decía a sus compañeros: "Miradlo así, tenéis la oportunidad de aprender a manejar un gran fármaco con una persona que lo domina". Creo que los demas no terminaban de estar de acuerdo. Hasta que llegó el gran día...
Estábamos en un Congreso Internacional que se celebraba en Cádiz. Nos hicimos fotos con Kaplan y alguno más... En una mesa redonda empezaron a surgir preguntas cada vez más comprometidas:
-"¿Qué emplearía usted para dormir a....?"
-"Propofol a tales dosis"
-"Y si tuviera tal...."
-"En tal caso se prepararía...."
-"Y si se sospechara..."
-"Bueno habría que incrementar la monitorización..."
-"Y si.."
-"Tenemos entonces..."
-"Y si..."
-"Piense usted..."
-"Y si...."
Y llegó la gran respuesta:
"Mire usted para un paciente tan complicado y en los casos difíciles, inducimos al paciente con 100 mg de pentothal y, sabiéndolo utilizar, el comportamiento es inmejorable...".
Nos miramos a la cara todos y empezamos a reir. ¡Tenía razón Don Evaristo!. Un Gran Maestro.

martes, 17 de noviembre de 2009

Grandes Maestros: El Doctor X


Hay personas a las que es difícil conocer y piensa uno que quizá ellos también tengan problemas para conocerse y, esas personas, quizá no sepan el cariño que podemos sentir por ellos. Quizá. O quizá yo esté equivocado.

En los primeros días de mi residencia, en los momentos en que todo se reducía a cargar jeringas, rotular jeringas, ordenar jeringas y poner jeringazos, en los momentos en que la anestesia era un ente abstracto, tuve una guardia con el doctor X. Estábamos sentados a la cabecera del paciente después de muchas horas de guardia. No sé si mis bostezos eran muy repetidos o si miraba muchas veces al reloj, pero el Dr X empezó a decirme: "Para que empieces a entender la anestesia y para que no se te haga muy aburrido..." y me dio una clase que no se me olvidó nunca y que me marcó la forma de entender la anestesia.
"Tú eres el fentanest y te vas metiendo por las venas..."
Una clase práctica de Farmacología genial, donde las jeringas tenían cosas fascinantes, donde en el paciente dormido había vida, donde los fármacos interactuaban como guerreros en las mejores escenas de la guerra de Troya. La farma ocupó un lugar predominante en mi vida y el conocer los entresijos del funcionamiento de los venenos hizo que disfrutara más de mi especialidad.
Una vez le dije a un paciente amigo suyo que lo consideraba mi maestro y vino muy ofuscado a recriminarme "Yo no soy maestro de nadie". Conmigo si lo fue. Un Gran Maestro.  

lunes, 16 de noviembre de 2009

Grandes Maestros: Ángela Gonzálvez


Si ustedes quieren saber cómo tratar a un cirujano desde el otro lado del paño hagan un Master con Ángela Gonzálvez, es barato y lo pasaran bien. Sólo cobra en cariño.

Estuvo poco tiempo en Granada, porque se enamoró de un mañico y querían hacer un nido cerca de Cádiz, dónde creo que estará ahora haciendo de las suyas.

"Venga rápido, a ver si terminamos pronto". Los cirujanos se animan a poner el campo mientras Ángela está induciendo al paciente. Betadine por aquí, betadine por allá. Ángela no se inmuta. Laringo, tubo, esparadrapo. Paño va y paño viene. Protección para los ojos. Los cirujanos pellizcándose un guante detrás de otro en la palma de la mano, haciendo el "pop, pop" característico que querrá decir, sabe Dios: "todo listo, ¡señorita!¡el bisturí!". Ángela que coge el fonendo, lo planta encima del campo ya embadurnado de betadine, posándolo sobre todo el pecho y en los laterales de los paños. Ángela auscultándo minuciosamente. Ángela que levanta la vista y mira frente a frente a los asombrados cirujanos. Ángela que les dice: "Todo listo, ¡pueden empezar!".

A veces, hay cirujanos que creen que entienden de medicina. A veces, hay cirujanos que quieren demostrar su preocupación por el paciente. A veces, esto puede ser cierto. A veces. No siempre.
Cirugía general. El cirujano lleva ya el tiempo suficiente para haber operado al paciente y a los familiares que están en la puerta. Ha tirado ya varias pinzas contra la pared. Ha pedido que le coloquen la lámpara de mil formas distintas. Ha presumdio varias veces de la suerte que ha tenido el paciente de que sea él el que lo opere. De pronto, parece que puede haber un problema. Un problema no quirúrgico, claro. Un problema que debería estar resolviendo el anestesista, claro. Ángela en un taburete en la esquina del quirófano. El paciente totalmente controlado, por supuesto. Monitorización básica de finales de años 80. El cirujano: "¿Qué tensión tiene el paciente?". Ángela, sin bajarse del taburete: "Shu, Shu, Shu, Shu, Shu. Piiiiiiiiiiiiiiiiiiii. ¡Doce, siete!. El cirujano atónito. Ángela: "¿Algún problema?".
Con mucho cariño. Un Gran Maestro.

Grandes Maestros: Manuel Molina


El saludo del Moli es "Miguel Ángel..., ¿Qué...?" y tú le das entonces el significado que quieras. Es decir es un saludo abierto, como es él. Pocas veces dice "¡Hola!", "¿Cómo estás?", ni "¿Qué hay?", sólo "¿Qué...?". Y, tú empiezas a hablar y no paras, así de fácil, así de a gusto.

Son famosos los manotazos del Moli, un trailer que viene hacia tí y que te da en la espalda, un cohete que se te clava en el homóplato, una bomba que te estalla, sin avisar, entre el hombro y el cuello. Así que cuando un día se mareó un poco en la puerta de quirófano, aprovechamos para colocarle un 14 en el brazo, y a pelo.
Me costó entender que la cirugía abdominal pone a prueba a los mejores anestesistas porque con él todo era muy fácil, homeostasis, balance de líquidos, diuresis, equilibrio ácido-base, mis primeras vías centrales y gasometrías... y compañerismo, mucho compañerismo. Ya de adjunto, fuimos pareja de guardia mucho tiempo,  creo que desde siempre, y podíamos con todo y con todos. Nos peleábamos por ver quién se acostaba más tarde y la mayoría de las veces ganaba él. Así que cuando me fuí del hospital sólo me quedé tranquilo sabiendo que su pareja iba a ser la súper Espe (estaba en buenas manos). Sé que disfrutan de él y él disfruta en un comarcal. Un buen compañero. Y un Gran Maestro.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Grandes Maestros: Jerónimo González Vida


Cuando empezé la residencia me faltaban un par de meses para acabar la mili, por eso cuando llegué a Granada, mi R Mayor me gastó la broma de decirme que el Dr González Vida era Teniente Coronel del Ejército. Y la verdad era que tenía empaque suficiente para haberlo sido, así que me pasé rehuyéndolo varios meses. Pero llegó el momento de tener una guardia con él y cuando le saqué el tema no paró de reirse en un buen rato, sin embargo yo seguí teniéndole ese respeto "militar" durante mucho tiempo, que luego, al irlo conociendo cambio a un cariño intenso.

Michi, que así lo llamamos, era la dignidad en anestesia. Una de las pocas personas con la que era una delicia estar en silencio en las guardias. Ningún cirujano podía colarle un gol sin su permiso: "Michi tengo una paciente que no ha podido operarse esta mañana en el parte y como es un compromiso, a ver si podíamos hacerla esta tarde en la guardia". "¿Es tu madre?". "No". "¿Es tu mujer?". "No". "Entonces no es un compromiso". "Bueno es un favor que te pido". "Empieza por ahí. Entonces no hay problema".
No he visto a Michi deshacerse de ningún follón en el que él fuera el responsable de resolverlo y ha toreado toros de mucho trapío. "Miguel Ángel ¿sabes cuándo me doy cuenta que lo paso mal en quirófano?". "Díme". "Cuando, al terminar, te sientas y no deja de temblarte las piernas". Yo no he visto a Michi temblar nunca en quirófano.
Un día se quedó un paciente sin operar del parte de la mañana y el que hacía de Jefe de la Sala vino a decirle a Michi que "tenía que hacer el paciente en la guardia", le faltó decir que era por ... bemoles. Michi sabía que la guardia se presentaba cruda y se negó a entrar al trapo. El cirujano vino al rato y le dijo: "A ver como lo arreglas, que le he dicho al paciente que esta tarde a las 6 entra en quirófano". Michi fue a la habitación y volvió al rato tan tranquilo como siempre. El cirujano le preguntó: "¿Y...?". "Le he explicado al paciente que la guardia está complicada, que no vamos a poder operarlo esta tarde, pero que yo me ofrezco a venir el sábado por la mañana (era jueves ese día), para que se pueda operar sin problemas".
Por supuesto el cirujano tardó cero coma dos segundos en darle el alta.
Michi, un Gran Maestro.

Grandes Maestros: Joaquín Checa Ceballos


De todo el mundo se aprende y yo no soy de los que hablo mal de los cirujanos. Los respeto, los aprecio, también los cuido, por lo menos, trato de hacerlo. Don Joaquín ha sido Jefe de Cirugía del Virgen de las Nieves muchos años y aunque se haya jubilado, para muchos sigue siendo el Jefe. Y no porque siga mandando, sino porque sigue ganándose el respeto de los demás, aunque no vaya por el hospital. Mi respeto viene por muchas situaciones que viví con él, pero hay una que me hacía tenerle mucha envidia a los residentes que se formaron en su Servicio.

El Servicio de Don Joaquín tenía muy bien estructurada la formación de los especialistas en Cirugía General y los residentes sabían cada año qué se esperaba de ellos y cuál iba a ser la progresión de su formación. Tantas apendicitis de primer cirujano de R1, tantas vesículas como primer cirujano de R2, etc., etc. Las "primeras" cirugías las tenían muchas veces con Don Joaquín como ayudante. Era como un examen, pero un examen donde el profesor no trataba de corregir al discípulo, sino que el discípulo quería demostrar al profesor que podía seguir confiando en él.
El caso es que le llegó la hora de operar su primera vesícula a un residente y que Don Joaquín le estaba ayudando. Todo iba sobre ruedas. El silencio estaba presente y casi sólo se oía a Don Joaquín decir de vez en un cuando un: "Muy Bien". De pronto algo pasó en el campo, el primer cirujano empezó a titubear, yo miré por la incisión y no ví nada especial, miré los monitores por si descubría alguna alteración hemodinámica y no vi nada. Don Joaquín cogió el aspirador y lo metió en el campo, cogió una compresa y presionó, me miró y me dijo: "Miguel Ángel, creo que hoy vamos a tardar un poquito más". Se cambió con el residente y con mucha tranquilidad siguió la lección. El residente había dado un tajo a la arteria hepática y el paciente estaba empezando a sangrar. Don Joaquín aprovechó, con mucha calma a explicarle al residente como se solucionaba una de las complicaciones que tenía la colecistectomía por laparotomía. Un Gran Maestro.

Grandes Maestros: Marisol Imaz Torres


Marisol es la belleza personificada. Llama la atención que tiene siempre una sonrisa dedicada en exclusiva para ti, es elegante, siempre va exquisitamente arreglada, es estudiosa y siempre le ha gustado innovar, es habilidosa con las técnicas locorregionales y sabe enseñarlas, tiene carácter y tiene paciencia con los residentes, y además es guapa, muy guapa.

No sé si tuvo 5, 7 ó 9 hijos con Paco, su feliz marido, lo que si sé es que la mayoría de los residentes la adoptábamos como nuestra segunda madre durante la residencia, sobre todo ellas, a las que, además, sacaba de más de un apuro con sus consejos de cómo vestir y cómo estar.
Aprendí mucho de ella, los primeros bloqueos axilares, perfeccionar los retrobulbares, el buen uso de la ketamina, pero cuando me hablan de ella siempre recuerdo su cara, a través de los cristales de las puertas del solitario quirófano de cirugía vascular de la cuarta planta en mis primeros meses de adjunto recién salido del horno, "echando una ojeada antes de irme" y sacándome de grandes apuros, como si tal cosa. Una Gran Maestro.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Grandes Maestros: Antonio Lucas


Un niño metido a ser anestesista. Un niño que pretende ser malo, que pretende ser rebelde, que quiere poner malas caras, pero que no sabe, que tiene un corazón que no le cabe en el pecho. Un adjunto que te quitaba el busca en las guardias para que tú descansaras y que cuando tú te acostabas y le quitabas el busca sin que se diera cuenta, veías al día siguiente un papel al lado de mensáfono que decía: "Esta noche el busca no funciona, llamen directamente a la habitación del Dr Lucas". Un señor mayor que estaba a punto de jubilarse y que estudiaba. Que trataba de incorporarse a las nuevas técnicas, pero que te enseñaba que no se puede dejar la responsabilidad de la vigilancia del paciente a ninguna máquina. Dos anécdotas.

Primera: En algún momento de una intervención te preguntaba: "¿Cómo está el paciente?". Tú te volvías y mirabas el EKG: "Bien de frecuencia, sin alteraciones en el ritmo"-pensabas. Miraba las tomas de tensión "Bien de tensiones, no hay alteraciones hemodinámicas importantes"-pensabas. Mirabas el respirador: "Parámetros adecuados, no hay aumento de presiones excesivas, buena espirometría"-pensabas. Mirabas hacia él y decías: "Bien, todo correcto". Él empezaba entonces a pegar saltitos delante de los monitores, como si quisiera descubrir algo que estuviera oculto detrás de ellos: "¿Es que hay otro paciente aquí detrás?"-te preguntaba. "No Antonio, como me has preguntado cómo estaba el paciente...".
Y entonces te cogía del brazo y te señalaba: "¡Éste paciente, éste paciente!". "Al paciente hay que verlo, tocarlo, mirarlo... Sacas más información viendo al paciente que todo lo que puedas descubrir en aparatos". Entonces te explicaba toda la información que podía sacar de una mano: mirándola (color, relleno venoso), tocándola (temperatura, correlación hemodinámica), palpándola (pulso, relajación) y seguía, seguía, seguía sacando datos.

Segunda: Un día estábamos en una cesárea con anestesia general. Yo a la cabecera de la paciente cuidando de ella. Él al otro lado del quirófano, atareado con su artrosis. La preparo, la anestesio, la intubo y empieza la cirugía. Veo que Antonio se levanta rápido, parecía que, de pronto, por un milagro del Señor, se le hábía curado toda la artrosis. Corrió hacia mí. "¡Rápido, cambiale el tubo!". ¿Porqué, Antonio?" "¿No lo oyes?, ¡está fugando!". Yo no oía nada, pero era verdad que la espirometría estaba bajando (entonces no había pulsioxímetros, ni alarmas sensibles a la fuga en todos los quirófano). Quité el tubo color butano y puse otro. Al tratar de inflar el primero, vimos que tenía una fisura en el globo.
Antonio volvió con su artrosis a su sillita al otro lado del quirófano. Yo ¿vigilando? a la paciente, a su cabecera. Antonio vigilándono a los dos.
Con Antonio se aprendía que los médicos debíamos ser personas. Un Gran Maestro.

Grandes Maestros: Manuel Rodríguez Pérez


Manolo fue premio naranja todas las veces que los residentes elegíamos al mejor adjunto de anestesia. Daba, y da, gusto estar con él en quirófano. Sabe crear buen ambiente en el trabajo, con los cirujanos, con las enfermeras y con todo el personal auxiliar de quirófano, por eso era, y es, respetado por todos.
Fue él quien me enseñó a intubar.
"Primero lo hago yo, tú lo ves, te lo estudias y el próximo día, en el paciente adecuado, lo haces tú."

El paciente adecuado vino al día siguiente. Preoxigenación (del paciente y mía pues me acuerdo que dí un buen suspiro al coger el laringo), comprobación de que todo está preparado: fuente de oxígeno, sistema de ventilación, mascarilla facial, laringo que funcione, distintos tamaños de tubo, guía metálica para el tubo, tubo de Guedel, pinzas de Magill, aspirador enchufado y funcionando, una enfermera cerca...
Comienza todo. Se administra medicación y se espera el tiempo prudencial a que todo haga su efecto.
Pentotal: paciente que cierra los ojos suavemente. Fentanest: respiraciones cada vez más profundas y más lentas, precisando apoyo respiratorio suave. Mioflex: la gran tormenta, el terremoto interno progresivo en oleadas. Gran silencio. Triple maniobra: hiperextensión de cuello, apertura de fauces, subluxación de mandíbula. Colocación adecuada de la cabeza del paciente con la mano derecha. Introducción de la pala del laringo con suavidad cerca de la comisura derecha del paciente, desplazamiento lateral de la lengua, y ahí está la epíglotis. Una ligera elevación de la mano, teniendo cuidado de no apoyarte en los dientes, en dirección hacia el techo como si fueras tirando de la punta de la lengua para arriba y, ¡por fin! ¡la laringe!.
Yo no sé cuanto tiempo estuve recreándome en la faena, estaba maravillado de lo bien que iba todo, pero, sacándome de las nubes, escuché a mi espalda una voz que me decía:
"Yo no sé si habrás encontrado algo interesante en la boca que merezca tanto la pena, déjame que le meta el tubo y tú, luego, sigues mirando el tiempo que quieras". "Es que el paciente se está poniendo algo azulillo", me dijo Manolo, sin perder la sonrisa, como excusa cuando giré mi cabeza para mirarlo.
Con esa paciencia en un adjunto, estando al lado tuyo en cada vuelo que haces, es muy fácil aprender a volar y disfrutar del vuelo.
Somos muchos los que hemos aprendido de Manolo. Hoy enseña técnicas locorregionales en un hospital de Cirugía de Alta Precoz. Se aprende anestesia, se aprende a gestionar bien un grupo de personas y se aprende humanidad. Un Gran Maestro.
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