domingo, 1 de agosto de 2010

Cuentos para el Verano: La Historia de Don José


Don José se quedó viudo y todos lo sentimos. Estaba tan unido a su esposa que nadie pensaba que pudiera haber un recambio para el corazón de ese hombre. La soledad le llegó en un momento en que la vida parecía que había cobrado toda las deudas pendientes y que sólo quedaba el empezar a disfrutar los frutos de tantos años de esfuerzo, de sacrificio, y de ausencia de vida propia. Sus hijos ya casados, los nietos repartiendo sonrisas. Los bancos dormitando después de la gran comilona que había representado la hipoteca, los estudios universitarios de la prole, los renting, los imprevistos y todos los números que, representados en monedas y billetes, van dibujando la vida de una familia, mientras se va construyendo.
Por eso, cuando la sonrisa empezó a aparecer nuevamente en su cara, cuando la felicidad empezó a rescatar gestos y sentimientos que llevaban escondidos mucho tiempo en un rincón silencioso de su corazón, todos sus amigos miraron a lo más alto para agradecer ese premio tardío que les reconfortaba de esa inmerecida injusticia.

Y la historia corrió de boca en boca. Fue el cotilleo de todos sus amigos durante bastantes veladas. Su pareja era un amor oculto. No por parte de él, que hubiera sido impensable, sino por parte de ella. Una administrativa de otra planta que había suspirado, en silencio, por poder compartir una pequeña parte de su hermosa vida. Una persona prudente que nunca se había atrevido a demostrar con ningún gesto, con ninguna palabra, ningún sentimiento que pudiera poner en riesgo la apacible vida de la pareja.
Y como no podía ser de otra manera, don José quiso hacer, y lo hizo, estable su relación. La boda fue sencilla. Acudieron todos sus hijos y nietos. Y las lágrimas de tristeza, recordando a la madre que nunca dejó de estar presente, también brotaron en los ojos de la nueva esposa. Y esas lágrimas se convirtieron de una forma dulce, suave e imprecisa, en sonrisas compartidas que auguraban una merecida feliz segunda parte.
Don José tuvo en su nueva esposa un soporte completo para todas sus actividades. Su vida continuó la senda que ya había sido emprendida años atrás y se vio, en su nueva etapa, una prolongación natural de lo que había sido hasta ahora. Su nueva mujer no destacó para nada como un añadido sorpresa, sino que se adaptó a darle una feliz sencillez a la vida que se había roto inesperadamente.
Cuando Don José tuvo el accidente de tráfico y estuvo encamado tantos días en el hospital, los cuidados, las miradas cariñosas, las atenciones que tuvo por parte de su esposa, declararon públicamente que el amor anidaba en la pareja.
-“Quiero volver a coger el coche en cuanto que salga”-fue la frase que definió la recuperación física y moral de Don José durante su convalecencia.
-“Ya veremos. ¿Quieres que te ayude con el postre?”
-“Hoy lo voy a intentar yo solo”.
Y, como cada día en que se daba un paso nuevo, como cada día en que se notaba un avance, Don José reclamaba su besito y su abracito después del esfuerzo realizado. Las enfermeras y el personal de la planta se sonreían cuando veían a ese abuelete y a esa jovencita compartir, día tras día, la lenta y persistente recuperación con esas gratificaciones tan románticas.
Atrás habían quedado, muy apartados y distantes, los momentos en que Don José había pensado que toda su vida no tenía sentido. Que le costaba encontrar una razón para seguir compartiendo su tristeza con sus hijos, familiares y amigos. Que su mirada se quedaba fija en un punto, al final de la carretera, que le prometía la quietud completa. Una quietud que se disipaba en el último momento, retomando el control del volante y de su vida.
-“Mañana me dan el alta. Tráete el coche.”
-“No sé si será buena idea. Lo consultaré.”
Y a lo largo del día, se fue confirmando que no había ningún problema para que condujera. Hasta el fisioterapeuta, con su voz dulce y melosa, dio su visto bueno al alumno ejemplar que tanto había avanzado en su larga estancia.
-“Aquí están las llaves. Yo iré detrás de ti mientras salimos.”
-“¿Has traído el móvil?”
-“Sí, pero no está conectado con el bluetooth del coche. Todavía está con el mío porque lo he estado utilizando estos días.”
No había maletas que hacer. Todo había sido recogido en los días previos.
-“Voy a comprar unas frutas y otras cosas que me faltan para preparar una cena esta noche. Tardaré un poco en llegar a casa. ¿Por qué no vas a casa de tu hijo mientras que yo llego?”
-“Le daré la sorpresa.”
Don José salió del aparcamiento del hospital sin ningún problema. Se sentía libre. El coche respondía perfectamente. Era el mismo coche donde había tenido el accidente. Había dado tiempo a que lo repararan y lo notaba completamente nuevo. Parecía recién salido del concesionario. Así se sentía el también. Completamente reparado. Para vivir su nueva novísima vida. Su tercera oportunidad.
Miró por el espejo retrovisor y comprobó que su esposa le seguía. Cogió el teléfono y se acordó que no había conectado el bluetooth. No había tiempo de hacerlo. Aprovechó el semáforo para llamarla. Ella se encontraba inmediatamente detrás. Vio en su cara la sorpresa por la llamada. Don José notó que la llamada quería colgarse del altavoz de su coche. Sonó una vez más, pero dejó de hacerlo cuando ella contestó:
-“¿Qué quieres ahora?”
-“¿Lo estoy haciendo bien? ¿Cómo conduzco?”
Le gustó comprobar la sonrisa en cara de ella y pasaron unos segundos hasta que la escuchó decir:
-“Perfectamente, no hay un conductor mejor que tú en toda la calle.”
-“¿Me he ganado otro besito y otro abracito, entonces?”
-“No lo dudes.”
-“Te estaré esperando ansiosamente. No tardes.”
-“Cuelga ya que te vas a estrellar. No tardaré. Te lo prometo.”
En el siguiente semáforo ella se puso a su lado para girar a la izquierda. Cuando la luz cambió de color sonó el móvil en el coche. A ella no le dio tiempo de atender la llamada, por lo que saltó el automático del coche de Don José. Por los altavoces de su coche se escuchó una voz melosa y sensual.
-“¿Has dejado ya a tu maridito? Nos vemos donde siempre en media hora, cariño.”
Don José vio como se alejaba el coche de su esposa, mientras que descubrió como su cara se volvía inquieta hacia él.
La calle se le hizo interminable. Salió de la ciudad y se dirigió a la autovía. Un punto en el horizonte. Un punto de atracción que le sugería una inmovilidad completa. Una sonrisa apareció en su cara. Agradecía haber tenido una segunda oportunidad. Pero se sentía sin fuerzas para una tercera. Ya no había motivos. No tenía razones para este esfuerzo. Cuando llegó la curva, los músculos soltaron el volante y no hubo último momento para controlar su vida.
Los amigos decían, en el momento del luto, que quizá había habido algo de precipitación en volver a coger el coche esa misma tarde. Y todos coincidieron en resaltar la falta de consuelo que comprobaron en la mirada de la joven viuda.

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