jueves, 7 de octubre de 2010

Anestesia Privada y Vida Privada: El nudo lo Confirmó todo.






El Monasterio de los Jerónimos de Granada es un tesoro escondido en medio de la ciudad. Un paraiso, un oasis.
Hay una Granada mora sublime, que encandila, que conoce todo el mundo. Y una Granada cristiana, no menos cautivadora, pero que está reservada para los granadinos y para los visitantes curiosos de descubrir la ciudad oculta.
Y allí es dónde eligió el padre Toñín el lugar en el que se iba a celebrar la Confirmación de mis dos hijos.
Todo estaba preparado: "En el nombre del Padre, del Hijo, del Espiritu Santo. La Gloria del Señor se derrame sobre nosotros".
Y me sonó el teléfono.
Saben que trabajo con una Ginecóloga que se llama Gloria, y esa misma Gloria me apareció a mí en la pantalla de mi teléfono. Es decir, que mientras la Gloria divina se desparramaba sobre todos los asistentes de la ceremonia, yo tenía mi propia Gloria reservada sólo y exclusivamente para mí.
-"Miguel Ángel, una cesárea urgente".
Me había resguardado, para poder contestar a la llamada, en el pórtico que da entrada a la iglesia y tuve que volver sobre mis propios pasos para coger las llaves del coche del bolso de MiEsposa. Afortunadamente estaban a mano, no tardó más de tres eternos minutos en abrir todos las cremalleras, bolsillos y escondrijos del pequeño bolso y solo le faltó volcar todo el contenido sobre el banco de la iglesia. Pero aparecieron, al fín.
En la cola de la máquina de cobro del parkin sólo había una señora, que estaba tratando de abonar el total de su aparcamiento, acompañada de una "ayudante" que le asesoraba amablemente de que los billetes hay que estirarlos antes de meterlos en la máquina y de que todavía faltaba alguna cantidad, que ella metía céntimo a céntimo por la ranura.
A la salida del aparcamiento me encontré una familia entrando en un coche aparcado en medio de la calle, como si de una pasarela Cibeles se tratara, recreándose cada uno de ellos en mostrar sus preciosos vestidos de fiesta antes de entrar en el utilitario.
El Monasterio no está lejos del Hospital y tuve la gentileza de ir saludando a todas las cámaras del Ayuntamiento que registran a los coches que avanzan por el carril TaxiBus y cuyas fotos confirmarán que no estoy hablando de un suceso inventado.
Al llegar al hospital todo estaba en orden, había dado tiempo de preparar a la paciente para la cesárea y me dio lugar de preparar la medicación antes de que llegara a quirófano.
La futura mamá no se creía lo que estaba ocurriendo. Faltaban todavía cuatro semanas para que naciera Javier, pero había acudido al hospital, en contra de la opinión de todas sus amigas y conocidas, porque se había notado que tenía un flujo algo más abundante de lo que consideraba normal y se había encontrado con que los acontecimientos se habían acelerado como si se hubiera subido en un tobogán que le precipitara al vacío.
La matrona, sospechando una fisura de la bolsa, le había hecho un registro al niño y se puso de manifiesto que las contracciones uterinas que había empezado a tener la madre, no le sentaban nada bien a Javier. Cada contracción se asociaba a un descenso intenso de la frecuencia cardíaca, que remontaba poco después y llevaba de nuevo a Javier a tener un ritmo normal. Las alteraciones del ritmo sugerían que había un problema latente que había que resolver pronto.
Los abuelos venían en camino, pero no había opción de esperarlos.
La anestesia no tuvo ninguna complicación y mientras que en el Monasterio de los Jerónimos una veintena de jóvenes confirmaban su confianza en desenredar su vida alrededor de un ideal, los padres de Javier tomaban conciencia de que cada vez que este niño proteste en el futuro, no tendrán más remedio que hacerle caso.

Nació un niño sano, que transformó todas las preocupaciones en alegría, las lágrimas en sonrisas.
El motivo de todas las modificaciones que se habían puesto de manifiesto en la exploración que la matrona había realizado previamente, era que durante el embarazo, entre brazada y brazada, entre salto y salto en el líquido amniótico, Javier se había hecho un nudo auténtico en su cordón. Un nudo que afortunadamente había estado flojo, un nudo que quizá se había apretado un poco en el comienzo de las contracciones y que amenazaba con irse apretando, o no, con el paso del tiempo.
Un nudo que lo confirmaba todo. Un nudo que hacía la competencia a la Confirmación que se estaba celebrando en el Monasterio de los Jerónimos. Un nudo que me ataba a la vida el día en que no pude estar con mis hijos en su ceremonia de Confirmación.



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