sábado, 3 de marzo de 2012

Los superpoderes de Pablo


Si no quiere aburrirse nunca, ponga un Pablo en su vida.
Las anécdotas escolares más increíbles tienen a un Pablo detrás. Los sucesos más ingeniosos se ocultan detrás de un Pablo. Los cariños más intensos, lo suscitan los Pablos.
Los Pablos no pasan desapercibidos. Incluso los que son buenos, que los hay. Puedo decir que hay Pablos que no son inquietos, Pablos que duermen, Pablos que son capaces de estar quietos durante más de 10 minutos, incluso concentrados en hacer algo que no se pueda llamar travesura. Yo no los conozco. Pero sé que existen.
El lunes pasado era mi tarde libre. No sabéis lo frágiles y etéreas que son las tardes libres. Duran lo que puede durar el suspiro de un enamorado. Y se esfuman. ¡Pluf! y ya no están.
-"Miguel Ángel tengo un problema que no he podido resolver en la consulta".
Me llama el Dr Olóriz, familiar del que descubrió que cada uno tenemos una huella digital distinta. Y me cuenta la historia.
Y yo os la voy a resumir.
Pablo quiere ser superhéroe y se ha estado entrenando desde que nació.
Durante ese tiempo ha estado formándose de una forma muy intensa, con tareas que tienen como objetivo desarrollar las cualidades que le ayuden a poder salvar el mundo.
Esta es la tarea fundamental de los Súper Héroes cuando nacen, salvar el mundo.
Para eso ha ido acumulando experiencias que le pueden comparar con los Trabajos de Hércules.
De pequeño se introdujo una zanahoria en la nariz. Fue el primer capítulo de su curriculum. Se me ha olvidado decir que Pablo tiene 3 años en la actualidad. Más bien 3 añitos. Pero muy bien aprovechados.
Pues eso, que ya cuando era chico apuntaba maneras.
El tema de la zanahoria lo pudo resolver la madre. Fue un incidente que no precisó una asistencia extraordinaria, se quedó en el ámbito familiar.
Pero Pablo necesita expandir sus actuaciones para que la sociedad tuviera conocimiento de que estaba naciendo un ente especial.
Se tragó catorce globos. Catorce globos pequeños. En una fiesta de cumpleaños. Sabía lo que hacía. Su madre no podría interferir con sus proyecciones de futuro. Los padres del niño festejado, lo llevaron a Urgencias y cuentan que veían a Pablo sereno y desarrollando un papel que les tenía confundidos y asombrados. Empezaron a darse cuenta de que dentro de Pablo podría haber algo especial.
Después de esta hazaña, Pablo se sumergió en un letargo que ha durado unos cuantos meses. Hasta el lunes.
La madre nos dice que estaba un poco extrañada de que Pablo hubiera pasado una época tan tranquila. Aunque habían existido unas cuantas anécdotas sin importancia, no puede decirse que su Pablo era el niño merecedor de ese nombre. Parecía que se estaba convirtiendo en un Pablo bueno.
Hasta el lunes.
Cuando volvió del colegio se encerró en su habitación. Mientras la madre preparaba la comida, dice que escuchó unos ruidos en el dormitorio de los niños. Nada especial. Una silla que se caía. Golpes en la pared. Carreras. Algún que otro grito. Nada que le hiciera perder la compostura.
La sorpresa vino cuando tuvo la comida preparada y Pablo no contestaba a sus requerimientos para sentarse a la mesa. Al abrir la puerta Pablo estaba en la cama, en actitud reposada con un dedo metido en la nariz.
Toda la habitación estaba revuelta.
Parecía que la final de la Copa del Rey se hubiera jugado en su dormitorio.
Pero eso no le extrañaba a la madre, sino que lo extraño era la actitud de Pablo.
-¿Qué ha pasado Pablo?
-Ya ha terminado todo- decía Pablo mirando al vacío con un dedo hurgando en su nariz.
-¿Qué ha terminado Pablo?
-El hombre de rojo, lo tengo prisionero.
Hay niños que tienen amigos invisibles. Pablo nunca lo había expresado. Por eso la madre se puso más nerviosa. Sabía que no podía perder de vista a su fierecilla.
-Venga Pablo, vamos a comer. Ya me contarás.
El niño se levantó y le dio la mano a la madre para acompañarlo a la cocina.
No se quitó el dedo de la nariz hasta que cogió la cuchara.
En ese momento, una gota de sangre se desprendió lentamente por su labio superior.
-¿Qué te pasa Pablo?
-Nada, mamá.
-Tu nariz…
Inmaculada cogió a su hijo y se dirigió a la consulta del otorrino. Por el camino, Pablo le terminó de explicar.
-El hombre de rojo, mamá, Spiderman. Lo tengo en la nariz.
Tuvo que ser una lucha feroz. Pablo redujo a Spiderman, en una lucha desigual, convirtiéndolo con sus superpoderes en una pegatina de plástico. Lo dobló con tranquilidad y se lo metió en la nariz. Allí lo tenía enclaustrado.
El problema, me contó el cirujano, era que el terror que había despertado en el hombre araña, le había hecho soltar un montón de telarañas que lo protegían en la cavidad nasal y que no podía acceder con sus pinzas a la fortaleza que se había creado. Con el fotóforo pudo ver la cara de pánico que tenía el hombre enmascarado y pensaba que si no le suministraba anestesia, no podría sacarlo de su refugio.
Tuve que hacerlo.
Cuando le puse la mascarilla en la cara a Pablo era con la determinación de poder dormir a Spiderman y poderlo sujetar y sacarlo de su cueva.
También se me quedó dormido Pablo. Un Pablo colaborador, un Pablo íntegro, un Pablo que supo estar a su altura dejando que le ayudáramos a negociar con el superhéroe y devolverlo a la legalidad y a la justicia.
Tengo que decir que se resistió. Nunca he dormido a hombres arañas. No viene en mis libros. Pero gracias a la destreza de Don Javier, pudimos sujetar al encapuchado y liberarlo de sus propias estructuras.
Tenemos a Spiderman. Desmoralizado. Deprimido. Y esperamos que se restablezca. Nunca había tenido un oponente como Pablo. Es su primera derrota.
Pablo está bien. Pero su madre no se fía.
Quiere cambiarle el nombre.
El niño la mira y se sonríe.
Sonrisa de superhéroe.
Tendrán más noticias de Pablo.

5 comentarios:

Ana, princesa del guisante dijo...

jajaja se la acabo de mandar a la mamá de un Pablo. Gracias, comandante.

Ah, en las narices de mis hijos, y ninguno de ellos comparte ese nombre ha habido, por orden:

Hijo uno, primer intento: Queso. Seguimos preguntándonos lo esencial: ¿Para qué se rellenó las narices de queso? Resultado= antibiótico una semana.

Hijo uno, segundo intento: una flor de Playmóbil. No llegó a echar raíces, porque la sonó. ME vino el angelito con cara de susto y me dijo: "me he metido una flor y ya no la encuentro más".

Hijo dos, hace tres semanas: llegó llorando como un descosido y con un hilo de sangre en el dedo y en la nariz. Sonó un dadito mini de esos de parchís magnético.

¿¿¿¿¿Quién les manda rellenarse, querido Miguel Ángel????

MiAnestesista dijo...

Los niños son geniales. Y, sobre todo, ver su cara después de hacer una travesura de ese tipo. Sería fantástico poder meterse en sus cabezas en esos momentos. Descubriríamos mundos extraordinarios. Otro día contaré una anécdota con mi hijo... Lo dejaré para el verano. Te haré un guiño...

enfermero9 dijo...

Mi Pablo con dos años le ganó la batalla a una tiza con la misma técnica que este Pablo, por suerte salió en urgencias sin más complicaciones pero fue una declaración de principios visto el poco interés que muestra a lo que escriben hoy en día sus maestros.

MiAnestesista dijo...

Hola enfermero9: se podría hacer una recopilación de anécdotas de niños pequeños según su nombre. El capítulo de los Pablos sería el más voluminoso. También sería el más encantador.

Aníbal Acuaro (palabras) dijo...

Qué buenahistoria, Miguel!!! y qué bien contada !!! Gracias !!!

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