domingo, 13 de diciembre de 2009

Grandes Hitos: Freud traficante de droga en Viena


Yo no creo en la vocación. No me imagino en la edad de piedra a un homo sapiens diciéndole a su padre en una noche de luna llena mientras comparten un corzo recién asado en una hoguera: "Papá yo lo que de verdad quiero ser es astronauta". Uno nace con una vocación de servicio, es decir, con ganas de trabajar, o nace con ganas de rascarse el ombligo o de que los demás trabajen para tí. Quizá eso sea la vocación.
Pero de Carl Koller, todo el mundo que lo conoció de pequeño sabía que se entretenía jugando con los ojos de los animales.
-¿Qué has traido hoy para comer mamá?
-Voy a hacer sopa de pescado
-¿Te han dado las cabezas?
Y su madre, horrorizada, sabía que su hijo iba a ser feliz esa tarde.

Por eso, en el barrio judio de Viena nadie se extrañó de que el niño quisiera ser oftalmólogo. Ya de estudiante frecuentaba consultas de oftalmología, donde destacaba como un buen ayudante.
Carl asistió con verdadera esperanza al nacimiento de la anestesia general, porque parecía que iba a darle alas al desarrollo de la cirugía del ojo, que en aquel tiempo se hacía normalmente con el paciente despierto y gritando. Pero ni el cloroformo, ni el éter fueron la solución. Tarde tras tarde se desesperaba de los malos resultados de la anestesia. Tarde tras tarde escuchaba las discusiones del cirujano con el anestesista porque le robaba el campo quirúrgico. Las suturas no eran tan finas como sería necesario para cerrar las incisiones de los tejidos del ojo y las heridas no cerraban bien. Si a ésto se unían los vómitos postoperatorios por culpa de la anestesia, la desesperanza le hacía pensar que debería buscar otro futuro menos ingrato.
Junto con algún compañero avispado, lo intentaron todo. La morfina se estaba consolidando como un buen fármaco para quitar el dolor. Pues bien, gotas oculares de morfina. Pero nada, nuevo fracaso. Diluyeron todo lo que tenían entre manos: hidrato de cloral, el mismo éter... y tarde tras tarde veía que la ceguera podía ser un enemigo invencible.
Pasando un día delante de un café de Viena vió a su amigo Sigmund Freud y se acercó a él para consolarse. Ser amigo de Freud significaba poder hacer una consulta de psiquiatría gratis con el mejor loquero del momento. Pero Freud estaba ultimamente un poco raro. Estaba haciendo un estudio sobre un estimulante cerebral, una sustancia que él consideraba muy interesante y que aplicaba a todo. Nada más sentarse Freud le soltó a bocajarro:
-¿Conoces la Cocaína?
Qué tarde más pesada. No pudo contarle nada. Ni consulta de psiquiatría, ni siquiera desahogo. Y además, al terminar el café, su amigo Sigmund le pasó un sobrecillo con un poco de ese polvillo blanco. Tal como lo recibió, lo metió en su bolsillo.
-Adios, Sigmund.
-Adios, Carl.
Esa tarde hacía frío y él no había salido suficientemente abrigado. Así que se metió las manos en los bolsillos y estuvo jugueteando con el sobrecito hasta que llegó a su casa. Abrió la puerta, colgó la chaqueta en una percha que había justo en la entrada y sacó la papelina del bolsillo. Cuando la fue a abrir sobre un vidrio de cristal que tenía en la mesa donde experimentaba con un amigo, se dió cuenta de que estaba vacío. Trajo la chaqueta y estuvo sacando todo el polvillo que pudo. Se sacudió las manos sobre el lavabo que había junto a la mesa y antes de coger el jabón, chupó inconscietemente uno de los dedos que estaba más lleno del polvo blanco. Mientras se lavaba las manos notó cómo se entumecía la lengua. En ese momento, empezó a darse cuenta que podía estar cerca de poder cumplir su vocación.
Cogió un poco de polvo y le añadió un poco de agua para preparar una dilución. En ese momento llamaron a la puerta.
-Pasa Gustav, está abierto. Entra rápido que me tienes que ayudar.
Gustav Gartner era un amigo de Carl con el que compartía tardes de experimentación.
-¿Qué nos toca hoy?
-Prepara a la conejita Bea que vamos a probar una cosa nueva.
Probaron con la conejita, con un perro, con una rana que tenían en un terrareo y uno tras otro fueron comprobando que efectivamente, tras echarle unas gotitas, ninguno de ellos cerraba el ojo cuando le estimulaban con cualquier objeto.
-Ahora, la prueba definitiva.
-Estás loco Carl.
Se sentó en una silla cerca de la ventana, se abrió los párpados con sus propias manos y le dijo a Gustav:
-¡Adelante!
Gustav echó las pocas gotas que restaban en el tubo de ensayo.
-Y ahora toma - y le ofreció un alfiler para que hiciera la prueba definitiva.

Carl Koller no pudo asistir al congreso de Heidelberg de la German Ophthalmologists el 15 de setiembre de 1884 porque era un interno, pero el amigo que leyó su artículo en este congreso, ya le habló de la gran aceptación que había tenido su comunicación. En menos de un año se publicaron más de 100 trabajos en que la cocaína demostraba su utilidad en la cirugía ocular.

A pesar del éxito de su descubrimiento, el antisemitismo impidió que Carl pudiera ejercer en Viena. Terminó sus estudios en Holanda y Gran Bretaña y ejerció en la ciudad de Nueva York hasta el final de su vida en la especialidad que tanto amaba. Carl Koller fue un gran oftalmólogo.

Quizá nada de lo contado aquí fue real. O quizá sí. O quizá la leyenda se lo haya contado a la historia y la leyenda es algo mentirosa.

4 comentarios:

gangas dijo...

Historia muy bien contada, me ha mantenido interesado de principio a fin, felicidades!

MiAnestesista dijo...

Gangas:
Para otro madrugador. Espero no aburrirte mucho en algunas de tus noches de insomnio. Gracias.

Berni dijo...

Me ha encantado la entrada. Hay tantos descubrimientos fortuítos, y tan importantes, a lo largo de la historia...
¿Qué seríamos ahora sin ellos...?

Miguel Angel dijo...

Que me gusta como escribes... ¿te has planteado poner todas las entradas históricas en un librico?

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