jueves, 13 de mayo de 2010

El vino y la anestesia, a propósito de un caso


Siéntate tocayo, que hoy invito yo. Te voy a contar una cosa que quizá te guste. ¿Hace un vinito? ¿A ver que te parece éste?. Mira, me llegó hace poco a la consulta una señora muertecita de miedo. Yo ya había hablado con ella por teléfono y habíamos adelantado parte del preanestésico por esta vía.
Me llegó con su hija menor, que rondaría ya los cuarenta, una buena edad para vivir la vida con cierta tranquilidad. Venían de Almería y como la intervención iba a ser al día siguiente, habían concertado su estancia nocturna con un hotelito con encanto cerca del hospital.
La hija venía con ganas de devolverle a la madre parte del cariño que había recibido durante años y años. Era una pareja compenetrada. Se notaba que había complicidad entre ellas. Esas miradas donde sobran las palabras.
Cuando todo estaba explicado y solo faltaba levantarnos, darnos la mano y citarnos para el día siguiente, la abuelita me solicitó:
-"¿Me podría usted mandar algo para que durmiera esta noche?".
La hija hizo un gesto de resignación.

-"Olvídate de la operación mamá, no le des más vueltas".
Había mucho cariño en la demanda. Se notaba que la frase ya era repetitiva. Y me puso fácil poder intervenir.
-"Pues le va hacer caso a su hija. ¿Sabe lo que le digo?¿No quiere que le mande algo? Pues como mandar y ordenar es lo mismo, aquí va la orden. Y es de obligado cumplimiento. Va a buscarse un restaurante para esta noche. Se arregla, se pone guapa (que no le costará mucho a ninguna de las dos), se dan una vueltecita y se piden una botellita de vino en la cena. Creo que no se aburren ustedes hablando ¿verdad?. Un par de copas pequeñitas y ya verá lo bien que duerme.”.
Se sonrió, miró a su hija y pareció decirle que otra vez se había salido con la suya.
Nos despedimos hasta el día siguiente.

Por la sonrisa que trajo a quirófano, me imaginé que algo me iba a decir nada más verme.
-"Buenos días, ¿y esa cara señora?”.
-"Ay, doctor Palacio, que al final le hice caso”.
-"¿Cómo dice?”.
-"Sí, que mi hija se empeñó y encontramos un restaurante casero cerquita del hotel. Que nos fuimos las dos paseando despacito y que nos pedimos una botellita de tinto. Que nos entretuvimos charlando, sin darnos cuenta como corría el reloj y que se me olvidó hasta la operación".
-"¿Y de dormir?”.
-"Estupendamente. Así que le he dicho a mi hija que lo tenemos que repetir más veces"-y estalló en risas-"¿Me podría recetar el vinito para después de la operación?".
-"Eso va a ser más difícil".

Ya ves, maño. La moraleja es fácil, y tú ya lo has dicho muchas veces, que con frecuencia tratamos de pedirle a las pastillas cosas que tenemos más a mano de lo que creemos. No creo que fuera el vino, tuvo más que ver con la actitud de la hija. Pero quizá el vino ayudó.

6 comentarios:

Miguel Angel dijo...

Muchas gracias, profesor, por la dedicatoria de una entrada tan bonica.

A los pies de usté y de su señora.

Por cierto, el vino que me has ofrecido buenísimo, pero la historia muchísimo mejor... el buen conversar no tiene precio.

MiAnestesista dijo...

Miguel Ángel: Mi señora dice que tiene que visitar Aragón algún día. Guardaré otra botellita de vino, por si surge la oportunidad.

Juana dijo...

Y a veces uno hace too lo "humanamente" posible .... que no siempre es medicina pura y dura .... o lo que cuentas ¿si es medicina pura y dura? jeje ¡seguramente!

Miguel Angel dijo...

A los pies de su señora, insisto, y tienen un cicerone para lo que se tercie.

MiAnestesista dijo...

Juana: Me cuesta trabajo no ver personas detrás de los pacientes.
Miguel Ángel: Me dice que te pregunte cuál sería la mejor época para ir. Parece que la cosa va en serio... Es peligroso juntar a dos Miguel Ángel...

dra jomeini dijo...

Preciosa historia, Miguel Angel. Tengo una consulta profesional para tí. Te la mando al facebook. Besotes.

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