
Cuando el carruaje paró en seco en el Patio del Palacio de Buckingham, al palafrenero no le dio tiempo a abrir la puerta lateral. Los sirvientes se apresuraban a ponerse en disposición de saludo, pero solo les alcanzó a iniciar la reverencia ante el apresurado caminar de la Reina Madre. El repiqueteo de los tacones sobre el mármol de la gran escalera fue repitiendo su eco por el cortante aire de los pasillos. Algunas sirvientes dicen que vieron cómo temblaban las lágrimas de cristal de las lámparas que iluminaban en la gélida noche.
-”No puede ser. !No, no y no!”-La Reina Madre bramó antes de escucharse el retumbar de la puerta de la alcoba, que cerró violentamente.
Nadie en Palacio escuchó la conversación que se desarrolló en el dormitorio de la Reina. Nadie excepto Dorothy.
-”Yo estaba peinando a la Reina como todas las noches. Sus cabellos son preciosos como ya sabéis. En el peinador hay un cepillo de plata..”
-”Dorothy, ¡al grano!”-Riñó la Camarera Real encargada de la ilustre cocina, mientras le retiraba el gran tazón de leche recién ordeñada y el trozo de pastel de higos que le había puesto delante momentos antes.
Dorothy le arrebató el plato y el vaso y después de un gran sorbo, que le dejó enteramente blanco el labio superior, siguió su relato:
-”La Reina vio entrar gritando a su alteza Doña Victoria, la Reina Madre, y no se inmutó. La dejó que se desahogara y, entonces, le respondió, siguiendo las más elegantes normas de la cortesía...”- Dorothy trató de imitar el gesto majestuoso de la Reina:
-”Buenas noches, Alteza, me alegra verla.”
Alguna criada dejó escapar una leve sonrisa y se llevó, en el momento, una severa recriminación de la Camarera Real con su punzante mirada.
Dorothy se limpió con la punta de la lengua el rastro de la leche que se dibujaba sobre su incipiente bigote y siguió:
-”¿Pero no lo entiendes...?”- requirió con un tono brusco la Reina Madre
-”¡Ñoñerías!”
-”¡Nos pondremos a la Iglesia enfrente nuestra...!”
-”¡Bobadas!”
-”Las Reinas Inglesas siempre hemos parido con fortaleza.”
-”La fuerza ya la he demostrado en otras batallas.”
-”El Primer Ministro…”
-”Me lo agradecerá cuando tenga que parir alguna de sus amantes…”
Sonó la campanilla de aviso del Mirador del Desayuno y todos los sirvientes fueron a ocupar sus puestos.
La Camarera Real se acercó a Dorothy cuando dejaba el plato y el vaso en el fregadero y le susurró al oído:
-”No creo que se atreva.”
Pero la Reina se atrevió. El afamado médico John Snow, uno de los primeros con dedicación y ejercicio exclusivo a la anestesista, estuvo al lado de su Majestad en todo momento y usó cloroformo como anestésico. La noche del 7 de abril de 1853, el único llanto que se escuchó en las Dependencias Reales fue el del príncipe Leopoldo, octavo hijo de Victoria. La Reina Madre salió con el Infante en brazos para presentarlo a la Corte. Estaba acompañado por el Obispo de Canterbury y el Primer Ministro. Sus caras no expresaban ningún contratiempo.
Tras apartar la toquilla de la cara del pequeño, para que fuera vista por los cortesanos, la Reina Madre exclamó:
-”Su majestad ha parido como una reina. Como un Gran Reina.”
Desde ese día las mujeres no necesitan dar explicaciones sobre la forma de dar a luz. Todas pueden parir como Reinas.
Quizá nada de lo contado aquí fue real. O quizá sí. O quizá la leyenda se lo haya contado a la historia y la leyenda es algo mentirosa.