viernes, 27 de noviembre de 2009

Grandes Hitos: El Gas de la Risa


Parece ser que antes de que el gran Mastropiero le diera clases en su conservatorio a la pandilla de niños que se hicieron llamar Los Luthiers, la gente no sabía muy bien cómo pasarse una buena tarde de diversión. Así que cuando en 1844 Horace Wells, por aquellas fechas escaso de trabajo, paseaba posiblemente por la ciudad de Connecticut , pegándole patadas a las piedras que encontraba en su camino, no le pareció mala idea la propuesta de acercarse por el Circo para poder disfrutar de cerca de la gran atracción del momento: "El Gas de la Risa, de Gardner Q. Colton ".
No le había ido muy bien en la vida y sus ansias de grandezas estaban consumiéndose entre fracasos de proyectos que acababan de forma ruinosa y trabajos temporales que complementaba quitando alguna muela, zanjando algún grano o reventando algún absceso. Su novia le había dejado hacía poco, así que buscó un asiento entre un grupo de jóvenes hermosas para intentar buscar fortuna. Pero la vida no te da lo que tu buscas. Y si no estás atento nunca te da nada.

El asiento no fue entre bellezas. Y los elefantes, payasos, tigres, caballos..., sólo le hacían bostezar. Una niña que estaba delante suya, acompañada de su bella madre y de su orondo padre, no hacía más que reírse, gritar y pedir de todo lo que ofrecían los mozos que se paseaban por el público: perritos calientes, manzanas cubierta de caramelo, algodones azucarados...
Cuando llegó el gran momento el jefe de pista pidió voluntarios.
-“¡Papá, por favor, baja tú...!”-suplicó la niña.
La madre esbozó una sonrisa. El padre, que al parecer estaba pensando en otra cosa miró a la niña sorprendido:
-“¿Qué....?”
-“Sí, cariño, ¡baja! te lo pasarás bien...”
El padre, quizá por el aburrimiento, quizá por no tener que comprar más cosas a su criatura, se levantó, y alzando la mano, se dirigió a la pista.
-“Y aquí tenemos al último voluntario... Póngase al final de la fila, junto a esa silla.”
-“Mamá, ¡qué suerte!, ¡ha sido el último!.
La madre sonrió a su hija y compartió la sonrisa con el señor Wells.
El espectáculo fue divertidísimo, al momento de empezar a respirar del gas que salía de la bala metálica que le ofrecía uno de los operarios, el primer voluntario se partió de la risa. Y la risa era contagiosa. Todo el circo estallaba en carcajadas.
El jefe de pista iba dando órdenes para pasar el gas de uno a otro voluntario. Uno tras otro iba cayendo en un estado de placer que aumentaba las risas de la concurrencia. Cuando estaban a punto de rociar al padre de la niña con el gas, uno de los voluntarios anteriores se acercó por detrás para tratar de aspirar otra dosis. El público se volcaba con el aspirante a payaso.
-“¡Cuidado papá!”, gritó la niña.
El padre hizo una finta y se colocó justo delante de la salida del chorro del gas. Su cara fue cambiando lentamente hasta que estalló en carcajadas. La niña se reía sin parar. La madre se llevó la mano a la boca, tapándosela para contener la sonrisa. Pero, en poco tiempo no pudo aguantar. Era tan divertido ver a su marido haciendo tanto el ridículo.
El pesado voluntario se acercó otra vez. Al intentar evitarlo el padre se golpeó en la pierna con la silla. Tras esquivarlo siguió aspirando del gas y siguió riendo y riendo y riendo...
La niña, de pronto contuvo su risa:
-“¿Mamá, que tiene papá en el pantalón?.”
-“Yo no veo nada”- contestó la madre preocupada, porque había visto como algún voluntario había manchado su entrepierna al no poder contenerse.
-“Debajo de la rodilla...”
Era una mancha roja que ocupaba todo el bajo del pantalón.
-“Se habrá manchado de pintura...”, y las dos siguieron riéndose.
Al acabar la función, cada voluntario siguió sonriendo mientras volvía a su asiento. Cuando el padre llegó le dio un beso a su hija:
-“¡No sabía que me lo iba a pasar tan bién!.”
La madre le miró incrédula:
-“¡No me imaginé nunca que eras tan divertido!”- y su cara se llenó de rubor.
La actuación siguió y, sin tener relación con el espectáculo, de vez en cuando se escuchaban risas aisladas en diversas zonas de la carpa. Horace empezó a aburrirse otra vez. Miró a los lados para ver por dónde le era más fácil salir. “Gorda a la derecha, gordo a la izquierda”. Era mejor saltar a la fila de delante y salir directamente al pasillo que había delante de la niña.
-“Con permiso”, dijo mientras saltaba.
Al pasar delante de la familia tocó la cabeza de la niña, sonrió a la madre e inclinó la cabeza para saludar al padre. El pantalón estaba totalmente empapado.
-"Perdone, ¿se ha visto el pantalón?". El hombre miró la zona que señalaba el joven, sorprendido. Levantó la pernera y vio una gran herida justo delante de la espinilla, que seguía sangrando lentamente.
-"Acompáñeme, por favor. Yo puedo curarlo".
Esa noche Horace Wells no pudo domir. Tuvo un sueño muy raro: veía al padre de la niña golpearse con la silla y brotar un chorro de sangre
-"¡No me duele!"
Los elefantes salían de sus jaulas y se sentaban encima suya
-"¡No me duele!"
El tigre le sujetaba un brazo con los dientes afilados
-"¡No me duele!"
Y todo el público se reía y se reía y se reía...
Cuando Horace Wells se levantó ese día, fue a comprar una bala del gas de la risa, la llevó a un bajo que había alquilado y en un cartel que pensaba colocar en la puerta, empezó a escribir:
SE QUITAN MUELAS SIN DOLOR
Yo creo que debería haber escrito
Hoy ha comenzado la anestesia moderna

Quizá nada de lo contado aquí sea real. O quizá sí. O quizá la leyenda se lo haya contado a la historia y la leyenda es algo mentirosa.

2 comentarios:

EC-JPR dijo...

Eso es estar en el lugar adecuado en el momento apropiado. Y, ante todo, ser observador.

MiAnestesista dijo...

EC-JPR:
Es de admirar la gente que es capaz de ver lo que todos ven, pero que son capaces de descubrir algo que los demás ni siquiera han llegado a vislumbrar.
Algunas veces es ingenio, otras coraje. Como en la anestesia hay muchas historietas de este tipo, me he permitido rescatarlas un poco y dramatizarlas.
Voy a ver si las meto, una a una, en esta cesta de Grandes Hitos.

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